Capítulo 4. Salvación.
Erica retrocedió todo lo que pudo hasta que topó con su auto. Los dos vampiros la miraron divertidos.
—No podrás escapar —dijeron al unísono.
Uno de ellos tomó su mano derecha y se la llevó a los labios. Palpo con su lengua la cálida piel de la chica y sonrió.
—Exquisito.
El otro la jaló de la otra mano y la atrajo hacia el. Se colocó detrás de ella y rodeó su cintura con sus brazos. Acomodó su barbilla sobre su hombro izquierdo y posó sus labios en su cuello. Aspiró su aroma y cerró los ojos.
—Regularmente no hacemos sufrir a nuestras víctimas. Sin embargo hoy haremos una excepción —dijo el que estaba recargado sobre su hombro. El roce de su aliento sobre su piel le puso la carne de gallina.
—No... Por favor —suplicó ella. Sus pupilas se dilataron al sentir los dos pares de colmillos penetrar su piel. Erica gritó, pero no escuchó su grito, sólo lo sintió. El pánico comenzó a apoderarse de ella, no sabía porque no se oía su voz y se sentía impotente en aquella situación, sin poder hacer nada más que esperar que la desangraran.
Poco a poco comenzó a sentirse débil, la muñeca y el cuello le ardían, la vista comenzaba a hacérsele borrosa.
Ya no pudo mantenerse en pie y cayó de lleno al suelo. Sentía que la cabeza le iba a explotar. Una mano se le clavo en el hombro con tal fuerza como si fuera de plomo y le estrujó los huesos. Erica gritó de dolor, sentía como la sangre se le derramaba por el pecho empapando sus ropas. El vampiro la levantó del suelo como si fuera una muñeca de trapo y la lanzó contra la pared. Erica escuchó como le crujió la espalda al chocar con el frío cemento. Se quedó sentada en el suelo sintiendo dolorosamente cada uno de sus huesos rotos. Le costaba respirar y comenzaba a notar el sabor de la sangre en su boca. Concentró todas sus fuerzas en levantar la cabeza para mirar a aquellas despreciables criaturas. Se topó con sus ojos azules, encendidos por el olor de la sangre.
Los dos vampiros sonrieron. Erica cerró los ojos, sabía lo que seguiría, ambos se abalanzarían sobre ella en busca del resto de su sangre.
Sin embargo en el último minuto decidió que no moriría temerosa, encararía a los vampiros, lucharía por unos minutos más en aquel mundo. Abrió los ojos justo para ver como los dos vampiros que estaban del otro lado de la calle corrían tan velozmente que solo eran unas manchas borrosas que se dirigían a ella. Erica, reuniendo todas las fuerzas que le quedaban se levantó y se quedó allí, inestablemente parada sobre sus dos piernas magulladas, respirando con dificultad. Puso sus brazos delante de su cara en un vano intento de protegerla del fuerte impacto que estaba a punto de recibir.
No obstante, en un abrir y cerrar de ojos, un joven, totalmente vestido de blanco estaba entre ella y los vampiros. Sostenía una espada entre sus manos y la apuntaba hacia el cielo, la cual después embistió contra los vampiros luego de que recitara unas palabras en una extraña lengua que Erica no reconoció. La chica cayó al suelo, ya no tenía fuerzas para quedarse de pie. Desde el suelo contempló la lucha. A pesar de que eran dos contra uno, el chico de blanco llevaba la delantera, era muy bueno con la espada, había logrado herir a los dos, heridas que probablemente en un humano habrían sido mortales.
Los dos vampiros comenzaron a dar muestras de cansancio después de un buen rato de batalla, cada vez tardaban más en sanar sus heridas. Finalmente, cuando ambos cayeron al suelo, débiles por sus profundas heridas, el joven de blanco alzó su espada al cielo como había hecho antes de encarar batalla y dijo unas palabras en aquella lengua extraña. Seguido de esto la espada emitió un resplandor verde jade que salía de una extraña piedra que tenía en la guarda. El joven tomó con ambas manos la empuñadura de ésta y la clavó en el pecho de uno de los vampiros. El resplandor verde se hizo más intenso e invadió el cuerpo del vampiro. Segundos después, el vampiro se hizo cenizas, cenizas verdes que resplandecían en la noche. El segundo vampiro terminó de la misma manera.
Erica cerró los ojos. Ahora se sentía segura, ya no lograba sentir más la presencia de aquellos vampiros. El cansancio y el dolor comenzaron a apoderarse de su cuerpo. Abrió los ojos con un esfuerzo tremendo, tenía que ver la cara de su salvador. Al abrirlos contempló unos ojos verdes que se le hicieron conocidos. Cerró los ojos vencida por el cansancio. Antes de caer en aquel sopor que la invadía sintió la presencia del joven de blanco, una fresca y tranquilizadora presencia. Después cayó dormida en los brazos del joven.
ESCRITO PROTEGIDO








