One shot #1. Como ama un vampiro.

Vamos nena, déjame desvestirte, déjame sentirte… Oler tu fragancia embriagadora… rozar tus pétalos con mis dedos…

Anda amor, ven y dame un beso, déjame absorber el calor de tu cuerpo… déjame beber de tu sangre…

No te resistas, sabes que es inútil, el encanto de mis ojos te hará esto más lento… Ámame… ámame como nunca nadie lo ha hecho… yo prometo que te amo, que te amaré por siempre, mientras tu sangre mantenga mi cuerpo… mientras tus recuerdos estén en mi mente…

Siempre, siempre, siempre…

NUEVO TEMA EN VD

A mis pocos pero queridos lectores:

He remodelado esto ya que las telarañas y la gran cantidad de polvo que se había acumulado en los rincones se habían vuelto ya insoportables xD espero que les guste, trate de mantenerlo a tono con la temática del blog: las criaturas de la noche. Sin más por el momento les dejo y espero escribir pronto. Gracias por sus lecturas.

Buenas lunas.

EN REMODELACION…

 

POR SI NOTAN QUE ESTO ESTÁ UN POCO CAÓTICAMENTE ACOMODADO ES PORQUE ESTA EN REMODELACION TOTAL… POR EL MOMENTO SE QUEDARÁ ASÍ PORQUE MUERO DE SUEÑO E IRÉ A DORMIR AHORA…

BUENAS LUNAS…

Mares.

Mil mares pasan frente a mí,
queriéndome seducir,
rozándome con sus aguas,
empapando mi deseo
y descorazonando mi pecho
cuando al fin cedo a sus juguetonas olas...

¿Es que acaso no me puedo disolver?
vengan del sur o del norte
nunca me disuelvo
y cuando en uno por fin comienzo
las corrientes cambian
y de nuevo en medio quedo,
ni afuera ni adentro,
parte agua, parte viento...

El Vampiro. John William Polidori.

El vampiro

John William Polidori

John William Polidori nació en 1796. Sus padres eran unos italianos cultos, que habían encontrado un excelente trabajo en Inglaterra. Como en la casa se amaba la poesía, dado que el cabeza de familiar era un excelente poeta y traductor, no ha de extrañar que Polidori iniciara su actividad literaria como rapsoda, sin dejarla carrera de medicina, que concluiría con altas calificaciones. Acababa de cumplir los veintidós años cuando conoció a Lord Byron, el excepcional poeta y aventurero romántico. Este encuentro resultó decisivo para el futuro de Polidori, a pesar de que el genio se burlara de él llamándole «el doctorcillo».

Puede decirse que la fama de Polidori proviene de haber tomado parte en la famosa velada del 18 de junio, en Villa Diodati, donde varios jóvenes autores se desafiaron a escribir una obra de terror en el menor tiempo posible. Si Mary Shelley, una de las asistentes, dio forma al mito del doctor Frankenstein, Polidori no le anduvo a la zaga al crear el personaje del vampiro lord Ruthven, que se convertiría en uno de los arquetipos de los muchos «no-muertos bebedores de sangre» que han aparecido en los relatos de Terror.

Polidori se suicidó en 1821, enloquecido, después de ingerir una fuerte cantidad de veneno.

Ocurrió durante las fiestas que se celebraron en Londres durante el invierno. En diferentes salones de la sociedad que concedía fama de nobleza, comenzó a aparecer alguien muy peculiar. Se limitaba a cumplir el papel de observador, dando idea de que era incapaz de participar del bullicio. Pronto se advirtió que le llamaba la atención la sonrisa de las mujeres más hermosas, a las que dejaba sin habla con el simple hecho de contemplarlas, como si quedaran sumidas en un cierto temor combinado con un inusitado aturdimiento. Quienes sufrían esta situación, tan cercana al pánico, no sabían explicar con claridad la causa real: algunas la localizaban en unos ojos de un gris apagado que, al lijarse en ellas, actuaban como un rayo que presionaba la piel sin llegar a atravesarla. Esto provocó que se le invitara en todas partes, al querer tenerle cerca. Pero los acostumbrados a las fuertes emociones terminaban sintiéndose indefensos ante aquel extraño.

Todos aceptaban que era atractivo, pese a la palidez cadavérica de su cara, la cual nunca se había visto iluminada por el rubor de la pasión, la vergüenza o las fuertes emociones. Como varias de las perseguidoras de notoriedad pretendieron atraer su interés, para conseguir alguna prueba de lo que consideraban afecto, le salieron al encuentro. Una de éstas fue lady Mercer, que al convertirse en una mujer casada parecía haberse dedicado a coleccionar amantes de lo más originales. No obstante, fracasó rotundamente, a pesar de que únicamente le faltó disfrazarse de payaso... En el momento que tuvo delante al desconocido, llegó a la conclusión de que no la veía a pesar de estarla mirando. Por este motivo, abochornada, debió retirarse.

No obstante, aunque la pecadora fuese incapaz de despertar la atención de aquel personaje, se pudo comprobar que trataba a las mujeres. Hablaba lo mismo con la esposa fiel que con la soltera virginal, sin avanzar más allá del simple diálogo. Esto no impidió que se le concediera la fama de ser un excelente conversador. Es posible que hubiese terminado por desaparecer el miedo que al principio pudo despertar, o acaso a las mujeres les emocionaba comprobar que era enemigo de cualquier vicio. El hecho es que se le empezó a estimar. Tanto que se le perdonó que, sin dejar de seguir charlando con las damitas más virtuosas, dedicará su interés a las adúlteras.

Por aquellas fechas regresó a Londres un caballero que se apellidaba Aubrey. Se sabía que era huérfano, y que había heredado, siendo un niño, la gran fortuna de sus padres, la cual compartía con su única hermana. Como hasta sus tutores le dieron plena libertad, al preocuparles nada más que administrar el dinero, quedó bajo la tutela de unos profesores, que se cuidaron de cultivarle la imaginación, sin fijarse demasiado en la razón. Quizá a esto se debiera que terminara transformado en un romántico empedernido, amigo de la verdad y del honor. Creía erróneamente que las gentes eran virtuosas, y que la maldad nada más que respondía a un juego de la Providencia para amenizar la vida. Su ignorancia llegaba al extremo de considerar que la pobreza de una choza sólo era cuestión de estética. Y estaba convencido, además, de que las fantasías de los poetas constituían los cimientos de la existencia. Las mujeres le consideraban un hombre atractivo, extravertido y millonario. Gracias a estos méritos, al aparecer en los salones resplandecientes de la sociedad londinense, se vio atendido por las madres con hijas casaderas, para rivalizar a la hora de destacar los dones de su «posible esposa». Como las jovencitas le alentaban, al sonreírle cuando le veían pasar a su lado, terminó por asumir que era dueño de un gran talento y de unas cualidades que nunca pudo suponer. Y al encontrarse tan unido a las novelescas fantasías de su anterior vida solitaria, le sorprendió comprobar que, excepto las velas de sebo o de cera que alumbraban las estancias, la realidad no coincidía con las ilustraciones y los textos de los libros que había estudiado. Precisamente, cuando empezaba a sentir el deseo de abandonar sus fantasías, fue a encontrarse con el personaje extraordinario que hemos descrito anteriormente. El mismo que tanta expectación despertaba allí donde aparecía.

Al principio se conformó con observarlo. Luego, no pudiendo reconocer la auténtica personalidad de quien no dejaba de permanecer encerrado en sí mismo, terminó por transformarle en un héroe novelesco. Algo que le impulsó a continuar la investigación. Consiguió ganarse su amistad, le rodeó de atenciones y llegaron a intimar hasta el extremo de asistir a las mismas fiestas. Lentamente, fue sabiendo las intenciones que movían a lord Ruthven, al estar soportando una situación bastante crítica. Pronto conoció que se hallaba a punto de emprender un viaje, dado que se estaban realizando los preparativos en la calle Queriendo disponer de una mayor información, ya que hasta ese momento sólo lo había conocido superficialmente, informó a sus tutores que se hallaba dispuesto a salir de Londres, lo que llevaba años deseando como una forma de convertirse en un adulto licencioso. Dado que recibió la autorización, corrió a entrevistarse con lord Ruthven, el cual le sorprendió gratamente al proponerle que viajasen juntos. Entusiasmado por esta muestra de amistad de un personaje tan indiferente, aceptó al momento. Unas semanas más tarde, los dos se vieron en un barco atravesando el mar para llegar al continente europeo.

Puede decirse que Aubrey no había contado con la posibilidad de analizar el proceder de lord Ruthven. Sin embargo, a partir de ese momento tuvo la ocasión de hacerlo. Para quedar anonadado ante un comportamiento tan absurdo: atendía a todos los vagos, pordioseros y miserables que le solicitaban una limosna o un favor, siempre que fueran gentes maliciosas o perversas. No sólo les daba unas monedas, sino una cantidad de dinero para que cubriesen los gastos de varias semanas. Pero despedía materialmente a patadas a todos los que parecían buenos, honrados o virtuosos.

Con el paso del tiempo, Aubrey terminó por enterarse que varios de los mendigos que habían sido ayudados por lord Ruthven acabaron sus días en el patíbulo o hundidos en la más repugnante de las degradaciones. Se diría que al recibir el dinero cayó sobre ellos una especie de maldición.

Una vez llegaron a Bruselas, el romántico quedó sorprendido al darse cuenta de que su acompañante prefería visitar los lugares del pecado elegante a los salones donde se encontraba la alta sociedad. Arriesgaba grandes sumas en las mesas de juego, y casi siempre ganaba, excepto cuando su rival era un reconocido tahúr. Se diría que no le importaba perder todas sus ganancias anteriores, ya que su expresión ni se alteraba. Claro que se resarcía ampliamente en el momento que tenía delante a un joven imprudente o a un padre de familia, ya que los esquilmaba. Para ello superaba su natural ensimismamiento, al mismo tiempo que le resplandecían los ojos a la manera del gato dispuesto a dar caza mortal al ratoncillo indefenso.

En todas las ciudades donde llegaban, se cuidaba de empobrecer hasta la miseria al infeliz que se había atrevido a jugar con él a las cartas, lo mismo que hacía con los nobles caballeros que se dejaban arrastrar por el vicio del juego. No le importaba ganarles hasta el último céntimo o verles encarcelados por haber apostado un dinero o unas propiedades que no tenían. Sin embargo, esas cuantiosas ganancias permanecían en la mesa, hasta que lord Ruthven las perdía con los tramposos o los tahúres.

Aubrey estuvo en muchas ocasiones dispuesto a hablar con su amigo, para aconsejarle que cambiara la forma de proceder; no obstante, en el último momento temió ser tachado de entrometido... Confiaba en que cualquier día se presentara la ocasión de hablar del tema. Algo que no ocurría nunca.

En el interior del carruaje, lord Ruthven jamás cambiaba su comportamiento, por hermoso que fuera el paisaje agreste o fluvial: se mostraba parco en palabras, sin que sus ojos dejaran de mostrar indiferencia. Mientras tanto, Aubrey luchaba tenazmente por descubrir el gran misterio; y ante sus reiterados fracasos, terminó por convertir a aquel personaje en un ser sobrenatural.

Cuando llegaron a Roma, Aubrey dejó de ver a su acompañante durante bastantes horas del día, porque estaba asistiendo a las reuniones que organizaba una condesa italiana. Por eso decidió ir a visitar los monumentos que le interesaban, sin olvidarlos de algunas ciudades próximas. Hasta que una mañana recogió varias cartas de Inglaterra. La primera era de su hermana, que le enviaba todo su afecto; y las otras provenían del despacho de sus tutores. Éstas le llenaron de preocupación, porque trataban sobre lord Ruthven. Una vez las hubo leído, si antes llegó a pensar que en su compañero de viaje había un poder maligno, en sus manos tenía las pruebas más contundentes. Al parecer la humillación que infringió a lady Mercer, la adúltera, provocó que ésta se hundiera más en el vicio. Respecto a todas las jóvenes virtuosas a las que dirigió la palabra, la mayoría no tardaron en descubrir públicamente sus pecados ocultos o las debilidades que las atormentaban. Toda una exhibición que supuso el comienzo de unas vidas licenciosas.

Aubrey tomó la decisión de separarse de tan nefasta compañía. Pero antes pensó en el pretexto que podía alegar. Debía ser algo creíble. Al mismo tiempo, se cuidó de extremar la vigilancia, con el fin de no perderse ni un solo detalle. Llegó a visitar los mismos lugares que lord Ruthven; y en seguida pudo comprobar que éste andaba detrás de una jovencita inexperta, que era hija de una de las damas más famosas de la ciudad. En Roma resultaba muy extraño que a una soltera se le permitiera asistir a las fiestas de sociedad, por eso el perverso inglés debía actuar en secreto. Llevando continuamente a su vigilante detrás. No tardó éste en saber que la pareja había concertado una cita, que seguramente concluiría con la ruina física y espiritual de la inocente italiana.

Sin más pérdida de tiempo, Aubrey decidió entrar en los aposentos de lord Ruthven. Le preguntó qué pretendía hacer con la joven, a la vez que reconocía estar al tanto de que los dos se iban a ver aquella misma noche. El aludido replicó que pretendía comportarse como en él era habitual. Y al escuchar que si estaba dispuesto a contraer matrimonio con ella, soltó unas carcajadas burlonas. Esto trajo consigo que el romántico se marchara. Luego escribió una carta para comunicar que consideraba rota la amistad. El paso siguiente fue encargar a sus servidores que le buscasen otro domicilio.

No satisfecho con todo lo anterior, fue a la casa de la madre de la joven imprudente, para informarle lo que lord Ruthven pretendía. Acompañó las acusaciones con las cartas que había recibido de sus tutores. De esta forma se anuló la cita. A la mañana siguiente, el perverso noble comunicó, a través de uno de sus criados, a Aubrey que daba por cancelado el compromiso de viajar juntos. Sin embargo, no le acusó de haber sido el culpable de la cita malograda.

Después de salir de Roma, el decidido inglés llegó a Grecia. Atravesó la península con la mayor celeridad, para buscar alojamiento en Atenas, donde compartió la casa con un viejo amigo. Las semanas siguientes las pasó viendo ruinas: esos monumentos levantados por hombres libres que vivían rodeados de esclavos, pero que en aquellos tiempos sólo eran restos cubiertos por los líquenes y la tierra.

Cierto día advirtió que en el mismo edificio vivía una criatura tan bella y delicada, que invitaba a proponerle la misión de modelo de un pintor dispuesto a reflejar en un cuadro el Edén mahometano. Bien es verdad que los ojos femeninos reflejaban una espiritualidad, que difícilmente podía ser comparada con una mujer desprovista de alma. Cuando la veía bailar en el campo o ascender por las pendientes callejeras, creía tener delante a una gacela provista de una gracia y una hermosura casi irreales.

Sin embargo, ¿qué le podía estar ocurriendo para haber cambiado su antigua mirada curiosa, pura, por aquella otra cargada de la lujuria propia del epicúreo? Con frecuencia Ianthe le acompañaba, con sus pasos ligeros, por medio de las ruinas. Unas veces queriendo dar caza a una mariposa de Cachemira y otras flotando en el viento, con lo que mostraba inocentemente todo el deseable esplendor de su cuerpo. Llegaba a tales extremos la fascinación del inglés, que terminaba por olvidar las escrituras que acababa de descifrar en una tablilla borrosa. Con frecuencia, al ver los mechones del cabello femenino revoloteando al aire, junto a esas brillantes tonalidades que adquirían bajo el sol, dejaba marchar sus pensamientos por los derroteros más sensuales. En aquella criatura se veían representados todos los dones de la inocencia, la juventud y la hermosura no deteriorada por los salones repletos de gentes sometidas a los bailes más agobiantes.

En el momento que Aubrey estaba realizando dibujos, que se llevaría como recuerdo de las antigüedades, ella se quedaba sentada muy cerca. Siguiendo el trazo del lápiz, que estaba copiando la magia de aquellos lugares. Luego, Ianthe le mostraba cómo se bailaba en círculo o le hablaba de las bodas a las que había asistido siendo una niña. Más tarde, recordando los sucesos que mayor impresión le habían causado, recordaba las historias que le contaba su niñera.

Entonces se ponía muy seria, como si pretendiera que Aubrey entrara en situación. Uno de estos relatos se refería a un vampiro, el cual vivió algunos años en el seno de una familia normal; sin embargo, a escondidas se estaba alimentando de la sangre de una joven bellísima, a la que terminó por dar muerte al cabo de unos meses. El inglés intentó replicar con sus bromas y risas, aunque en su interior notaba el hielo del terror. Mientras tanto, Ianthe pronunciaba los nombres de los ancianos que, al fin, lograron encontrar vivo a uno de los Vampiros, después de comprobar que algunos de sus hijos y nietos llevaban en el cuello las mareas dejadas por el apetito del engendro.

Al observar Ianthe que el inglés parecía no creer lo que estaba oyendo, le rogó que no la tomase por una mentirosa. Quizá con ánimo de asustarle, se cuidó de recordar que todos aquellos que habían dudado de la existencia de los vampiros terminaron, irremisiblemente, siendo víctimas de los mismos. Le describió la famosa primera aparición de esos engendros; y el pánico de Aubrey se incrementó al escuchar una descripción exacta de lord Ruthven. No obstante, mantuvo su fingida incredulidad, al decirse que sólo podrían ser simples coincidencias. Una postura que terminó por verse debilitada al recordar el comportamiento tan perverso de lord Ruthven.

Aubrey acabó sintiendo un gran afecto por Ianthe. Su candor, tan diferente a las engañosas virtudes de las mujeres a las que él había pretendido dar una identidad novelesca, consiguió robarle el corazón. A pesar de considerar absurdo pensar que un joven inglés de su clase pudiera contraer matrimonio con una jovencita ateniense inculta, comenzó a sopesar la idea, ya que se encontraba muy a gusto junto a tan grácil figura. En ocasiones se notaba muy triste al separarse de ella. Quiso entregarse a la arqueología, y hasta soportó varios días entre las ruinas; pero, finalmente, se dijo que le resultaba insufrible permanecer ni un minuto más lejos de la mujer que era dueña de tocios sus pensamientos.

Como Ianthe desconocía que era amada, siguió actuando como la misma chiquilla sincera y espontánea de siempre. En el instante de la despedida, los dos se separaban con cierto disgusto. El inglés atribuyó la reacción de ella a que no contaba con un acompañante en sus frecuentes paseos arqueológicos. Mientras él estaba dibujando o localizando alguna antigüedad, Ianthe recordaba las historias de vampiros. Un día buscó el apoyo de sus padres, los cuales confirmaron, junto a la mayoría de los presentes, cada una de las palabras de la joven. Pero se pusieron pálidos al pronunciar el nombre de los no-muertos.

Aquella misma tarde, Aubrey se dispuso a realizar una excursión por cierto lugar que le habían recomendado. Pero olvidó que se le había aconsejado que no llegara durante la noche, debido a que necesitaría atravesar un bosque que ningún griego se atrevería a visitar a esas horas. Le advirtieron que allí acostumbraban a reunirse los vampiros, para celebrar sus orgías. Era un lugar prohibido a todo ser humano, ya que en el mismo acechaban las más terribles calamidades. El inglés se burló de estos temores supersticiosos. Sin embargo, al comprobar que todos se estremecían al ver su falta de respeto a las tradiciones, tuvo que enmudecer y ponerse serio.

No obstante, nadie pudo quitarle la idea de partir a la mañana siguiente. A la vez que preparaba la montura y el equipo, le intranquilizó las miradas temerosas que le dedicaban sus anfitriones. Llegó a pensar que se sentía aterrorizado. Cuando iba a partir, Ianthe se acercó para suplicarle que regresara antes de que se hiciera de noche, porque con la oscuridad aparecerían los vampiros. Aubrey prometió que sería prudente. Aunque se entregó con tanto entusiasmo a sus exploraciones, que tardó en advertir que estaba agonizando la tarde. En el cielo ya sólo quedaban una o dos manchas que, en zonas más cálidas, acostumbraban a fundirse en un conjunto impresionante, para dejar caer la ira de los elementos sobre los campos más desgraciados.

Por último, se dispuso a cabalgar lejos del bosque, con la idea de recuperar el tiempo perdido. Pero se dio cuenta de que ya era muy tarde. Como en los parajes meridionales apenas hay crepúsculos, el sol había llegado a su ocaso muy de prisa y a él ya le envolvía la noche. No había recorrido más de una legua, cuando la tormenta le cayó encima. Todo se convirtió en un fragor de relámpagos y truenos. La densa lluvia parecía dispuesta a aplastar el follaje, formando grandes charcos; a la vez, los rayos caían con sus sesgados trazos azulados, amarillos y rojos.

Súbitamente, la montura se encabritó, lanzándose en una veloz carrera en medio del bosque, donde las ramas de los árboles eran muy bajas y se enmarañaban igual que unas trampas mortíferas. Al final, la bestia se quedó inmóvil, exhausta. En aquel momento, Aubrey pudo descubrir, ayudado por el resplandor de varios relámpagos, una cabaña que sobresalía dificultosamente entre las montañas de hojarascas y arbustos.

No dudó en descabalgar para aproximarse a pie, diciéndose que acaso encontrara a alguien que le pudiera indicar la mejor ruta para volver a la ciudad o, al menos, contaría con un refugio. Mientras caminaba, creyó estar escuchando, en medio de la vorágine de truenos y desgajamientos de árboles y ramas por culpa de los rayos, unos gritos aterradores de mujer junto a unas estruendosas carcajadas de burla que se producían de una forma casi interrumpida.

Sin embargo, agobiado por los truenos que no dejaban de retumbar sobre su cabeza, decidió abrir la puerta de la cabaña. Tuvo que realizar un gran esfuerzo para conseguirlo. En seguida se encontró en medio de la más absoluta oscuridad. Se oían unas voces, que tomó como referencia al moverse luego de pedir permiso. Nadie le respondió... De repente, tropezó con un cuerpo y, al instante, se vio atrapado por unas manos muy fuertes. Una voz tronó en sus oídos: «¡De nuevo te has entrometido!». Siguió una carcajada alucinante, que le forzó a luchar frente a las tenazas de unos dedos que poseían un vigor sobrehumano. Convencido de que debía luchar por su supervivencia, intentó hacerlo, sin conseguir otra cosa que alguien le levantase en vilo y, después, le tirase contra el suelo. El misterioso enemigo saltó sobre él, para apretarle el pecho con sus piernas y rodearle el cuello con las dos manos...

Repentinamente, la luz de un gran número de antorchas, que estaban junto a la cabaña, confirió al lugar la claridad del día. Esto provocó que el rival misterioso quedase deslumbrado, hasta el punto de que se incorporó, después de soltar a Aubrey, y escapara de allí para perderse en la espesura del bosque, no sin dejar testimonio de su veloz carrera con el crujir de las ramas.

La tormenta ya era una simple lluvia. Los gemidos del inglés, que no podía levantarse, fueron escuchados por los que estaban fuera. Cuando entraron en la cabaña, el resplandor de las antorchas descubrió las paredes de adobe y la techumbre de paja, en la que colgaban pegotes de hollín. Después de escuchar al extranjero, intentaron localizar a la dama que le había arrastrado hasta allí con sus gritos. Esto supuso que el lugar se quedara a oscuras; no obstante, al volver las gentes de las antorchas, Aubrey quedó horrorizado. Estaba contemplando la grácil figura de su hermosísima cicerone, que era portada como se merecía el más delicado cadáver.

Tuvo que cerrar los ojos, negándose a aceptar la realidad. Por unos momentos se dijo que estaba sufriendo la alucinación propia de una mente enfebrecida, sin embargo, al abrirlos pudo contemplar el mismo cuerpo, que estaba muy cerca del suyo. Carecía de color aquel rostro tan bien modelado, y los labios eran unas líneas blanquecinas. Lo que no habían podido arrebatarle era la belleza, que a pesar de carecer de vida resultaba tan fascinante como cuando bailaba junto a las ruinas. En su cuello y pecho se veían unas manchas de sangre, y en su garganta destacaban las heridas de los dientes que habían perforado sus venas. Entonces los hombres la señalaron con sus dedos, al mismo tiempo que gritaban llenos de pánico:

–¡Ha sido un vampiro!

En seguida prepararon una litera, en la que echaron al inglés y el cuerpo de Ianthe, la que horas antes había sido la visión más radiante y hermosa de la ciudad, pero que en aquellos momentos sólo representaba el trágico recuerdo de un suceso diabólico. Aubrey no sabía qué pensar, debido a que la impresión le había dejado la mente en blanco. Pareció querer hundirse en el vacío, en la nada donde no se reflexiona. Sin embargo, había procurado guardarse una daga que encontró en el suelo de la cabaña.

A la salida del bosque, el grupo se detuvo al irse encontrando con las gentes que habían salido en busca de Ianthe, después de que su madre diera la voz de alarma al advertir la desaparición. Como fueron muchos los que empezaron a llorar, sin dejar de hacerlo cuando se aproximaban a la ciudad, los padres de la víctima adivinaron lo que acababa de suceder. Resultaría imposible describir su angustia. Y al saber que la chiquilla estaba muerta, después de mirar a Aubrey y ver el cadáver, fallecieron juntos con el corazón partido por el dolor.

Al encontrarse en el lecho, el inglés fue víctima de una fiebre muy alta, que le obligó a delirar. En ocasiones parecía estar llamando a lord Ruthven y a Ianthe, como si pretendiera rogar al primero que tuviese piedad con la joven a la que él amaba. Pero la mayoría de las veces lo que brotaba de su boca eran infinidad de maldiciones, todas ellas dedicadas a quien consideraba su peor enemigo.

Por aquellas fechas llegó lord Ruthven a Atenas. Al conocer la situación por la que Aubrey estaba pasando, se cuidó de hospedarse en la misma casa. Con el paso de los días se convirtió en uno de los más asiduos visitantes del enfermo. En el momento que éste comenzó a recuperarse, hasta el punto de poder reconocer a quien estaba a su lado, sintió un horror repentino al ver a la persona que consideraba un vampiro.

No obstante, el noble supo utilizar las más hábiles palabras de disculpa, al suplicar perdón por haberle abandonado cuando los dos tanto se necesitaban. Como a esto añadió un trato exquisito, Aubrey se vio consintiendo su presencia. Terminó por decirse que podía estar equivocado, ya que su ex amigo parecía una persona muy distinta a la que él trató en Bélgica y en Roma.

La situación dio un cambio brusco, definitivo, la mañana que Aubrey abandonó la cama, debido a que su compatriota volvió a comportarse con la perversión de aquellas fatídicas semanas. Además, le miraba atentamente, entreabriendo los labios con una sonrisa diabólica que, a la vez, encerraba una especie de maligno deleite. Y esta sonrisa se convirtió en la pesadilla del convaleciente.

A lo largo de la última fase de su restablecimiento, vio cómo lord Ruthven parecía más pendiente de las olas del mar o de disfrutar de la brisa que suavizaba el ambiente en los amplios jardines y terrazas. También se detenía a contemplar el revoloteo de las gaviotas. Es posible que sólo estuviera evitando las miradas de quienes le rodeaban.

El cerebro de Aubrey estaba bastante debilitado por culpa de la conmoción sufrida, y se diría que le faltaba la agilidad de espíritu que antes le había caracterizado. Llegó a desear tanto el silencio y el aislamiento como lord Ruthven; sin embargo, estas dos condiciones era imposible hallarlas en Atenas. Porque las veces que se le ocurrió volver a las ruinas, comprobó que el recuerdo de la figura de Ianthe le sumía en el pesar más angustioso. También la veía aparecer en las colinas y en los jardines. Las veces que pretendió atrapar aquella imagen fantasmagórica, lo único que terminó por contemplar fue el rostro pálido y el cuello herido por los dientes del vampiro.

No le quedó más remedio que aceptar la idea de que debía alejarse de aquellos lugares, donde en cada rincón surgían tan dolorosas evocaciones. Por eso dijo a lord Ruthven, al que se hallaba unido como agradecimiento a los cuidados que le había brindado durante la larga enfermedad, que debían conocer otras zonas de Grecia. Salieron de viaje, para recorrer cada uno de los sitios más famosos; sin embargo, en seguida se dieron cuenta de que se desplazaban con tanta prisa que ni prestaban atención a lo que tenían ante sus ojos.

De repente, comenzaron a tener noticias de la presencia de unos bandidos. Al principio creyeron que eran fábulas de los nativos, los cuales pretendían obtener algún dinero por la información. No haciendo caso a las advertencias, siguieron avanzando sin llevar la escolta que se les había aconsejado.

Cuando estaban recorriendo un desfiladero, en cuyo fondo fluía un estrecho riachuelo, y que era atravesado por un sendero rodeado de enormes rocas desprendidas de las paredes más próximas, comprendieron su error, porque comenzaron a silbar las balas por encima de sus cabezas, a la vez que escuchaban el estampido de varias armas. En seguida reaccionaron sus guías, al buscar protección tras unas enormes piedras, desde las cuales comenzaron a disparar contra el enemigo. Pronto fueron imitados por lord Ruthven y Aubrey.

Minutos después, sintiéndose humillados por los insultos que les estaban dedicando los bandidos, al mismo tiempo que les ordenaban que se rindieran, tomaron la decisión de entrar en acción. Realmente se hallaban a merced de quienes se decidieran a atacarlos por la espalda, ya que la falda del monte ofrecía todas las ventajas en este sentido.

Sin embargo, nada más abandonar las grandes rocas, lord Ruthven fue alcanzado en el hombro por una bala y se desplomó en el suelo. Aubrey acudió en seguida a socorrerle, olvidando que podía correr la misma suerte. De repente, se vio ante los asaltantes..., debido a que los guías, después de conocer lo sucedido a uno de sus amos, alzaron los brazos y se rindieron.

Aubrey terminó convenciendo a los bandidos para que transportaran al herido a un lugar seguro. Para ello debió prometer que les entregaría una fuerte suma de dinero. Después de acordar el rescate, uno de los malhechores fue a cobrar lo acordado, ya que llevaba un pagaré firmado por Aubrey, y lord Ruthven pudo ser atendido en una cabaña. Sin embargo, se debilitaba por momentos. Dos días más tarde sufrió el ataque de la gangrena, hasta el punto de quedar al borde de la muerte.

Lo más singular fue que su semblante no cambio en nada, como tampoco se lamentaba. Es posible que su estado febril le impidiera sentir el dolor. En las proximidades del amanecer, comenzó a dar muestras de intranquilidad. Su mirada se quedó fija en el rostro de Aubrey, que nunca se había separado de su lado.

–¿Verdad que deseas ayudarme, amigo mío? –preguntó con un hilo de voz–. Puedes hacer más: salvarme... No me preocupa mi vida, pues lo que me quita el sueño es la muerte de mi persona como si fuera un día condenado a finalizar. Deseo marcharme con el honor a salvo. ¡Protege mi honor!

–¿Cómo? Dime lo que debo hacer, pues estoy dispuesto a afrontar lo que sea necesario –dijo Aubrey.

–Es poco lo que voy a pedirte... Mi existencia se escapa con rapidez. No dispongo de tiempo para contártelo todo; pero si callas lo que sabes, mi honor quedará a salvo ante los ojos de quienes me trataron. Nadie en Inglaterra debe saber que he muerto... Debe ser un secreto entre tú... y yo... ¡Júralo! –exigió el agonizante, luego cíe incorporarse con una inusitada energía–. Júramelo por todo aquello que más quieres, teniendo en cuenta lo que más te asusta de la existencia... Júrame que en el plazo de un año y un día no contarás mis pecados ni mi muerte... Lo harás a pesar de lo que puedas ver y escuchar...

En ciertos momentos pareció que los ojos se le iban a salir de las órbitas.

–¡Te lo juro! –prometió Aubrey con la mayor solemnidad.

Entonces lord Ruthven dejó caer su cabeza en el almohadón, para fallecer con un gesto que pareció una sonrisa apagada.

Aubrey intentó dormir un rato; pero no lo consiguió. Recordada todos los amargos instantes vividos junto a aquel maligno personaje. Súbitamente, le dominaron un sinfín de escalofríos, porque estaba adquiriendo conciencia de la responsabilidad asumida con el juramento que acababa de formular. Un hondo presentimiento comenzó a advertirle de que le esperaban sucesos terribles.

Dejó el tosco lecho al llegar la madrugada. Se disponía a entrar en la cabaña donde había quedado el cadáver de lord Ruthven, cuando uno de los bandidos le informó que ya no lo encontraría allí. Al parecer lo habían llevado a la cima de un monte cercano, obedeciendo a una promesa hecha al moribundo. Como éste pidió que dejasen su cuerpo a merced de los primeros rayos de la luna, así lo habían hecho.

Esto sorprendió a Aubrey muchísimo. Por eso decidió marchar hasta allí en compañía de varios hombres. Le movía el deseo de enterrar a su compañero. Sin embargo, al llegar al sitio donde los bandidos habían depositado el cadáver, comprobaron, atónitos, que allí no había nada: ni restos del cuerpo o algunas de sus ropas. A pesar de que aquellos malhechores juraron que podían reconocer la piedra, al no haber otra igual en la zona, donde tendieron al muerto, todos dijeron que no podían entender que alguien hubiese robado el cuerpo.

Aubrey estuvo a punto de dar validez a la idea de que estaban tratando de un asunto de vampiros; sin embargo, al cabo de un rato terminó por convencerse que el cuerpo de su compañero había sido enterrado en cualquier otra parte, después de robar su cara vestimenta.

Ya nada le quedaba por hacer. Se sentía hastiado de la Grecia que le había sometido a tantas desgracias, donde cada paisaje o persona se diría que conspiraba supersticiosamente contra él. Días más tarde, llegó al puerto de Esmirna, donde esperaría un barco que iba a llevarle a Nápoles o a Otranto. Como disponía de tiempo, se encargo de examinar el equipaje de lord Ruthven, para comprobar lo que merecía la pena conservar. Entre todos los objetos, le llamó la atención un estuche, en el que se guardaban varias armas mortíferas: algunas dagas y yataganes.

Comenzó a mirarlas más detenidamente, ya que todas poseían unas empuñaduras muy bien trabajadas, hasta que vio una vaina que tenía idénticos adornos que la daga que él encontró en la cabaña donde trajeron el cadáver de Ianthe. Este descubrimiento le estremeció. Después de buscar desesperadamente nuevas pruebas, terminó localizando el arma. Por eso su terror alcanzó niveles demenciales, después de comprobar que encajaba perfectamente en la vaina. Ya no era preciso realizar más comprobaciones... Mientras tanto, ese arma parecía haberle hipnotizado. Se negaba a creer que fuese cierto, a pesar de las coincidencias de los dibujos y las filigranas que cubrían la empuñadura de la daga y de la vaina. Además, las dos tenían unas manchas de sangre.

Nada más alejarse de Esmirna, Aubrey llegó a Roma. Le apremiaba conocer la suerte de la joven a la que libró de la cita con lord Ruthven. Cuando se presentó allí, encontró a unos padres hundidos en la miseria. Habían perdido toda su fortuna a partir de aquella noche, con el añadido de que jamás volvieron a ver a su hija, debido a que ésta escapó en busca de su amante y nada se conocía de su destino desde entonces.

El inglés a punto estuvo de enloquecer al comprobar que la cadena de horrores cada vez se hacía más grande. Esto le entregó a una vida llena de silencio, que sólo rompía para suplicar a los postillones que se dieran prisa. De esta manera llegó a Calais y, a merced de una brisa favorable, el barco le dejó en las costas de su país de origen. Corrió en busca de la casa paterna.

En medio de estas paredes, nada más recibir los cariñosos abrazos de su hermana, creyó que estaba a salvo. No tardó en advertir que ella había dejado de ser una chiquilla, para convertirse en una mujercita muy decidida, capaz de transmitir los sentimientos más entrañables.

En realidad la señorita Aubrey no hubiese destacado demasiado en los ambientes sociales de Londres, al carecer de una personalidad artificial o de esa gracia entrenada tan necesaria en los ambientes más sofisticados. Nunca se le iluminaban los ojos azules por culpa de la frivolidad. La suya era una belleza sosegada, propia de los seres humanos que esperan mucho de la vida, aunque temen excederse en sus pretensiones. Cuando recorría los jardines, sus pasos eran propios de una mujer adulta que observa y analiza, en lugar de revolotear como hacían las jóvenes de su posición social.

Pocas veces se la veía sonreír; no obstante, cuando observaba a su hermano preocupado, con el simple hecho de envolverle en una de sus tranquilas miradas conseguía recuperarle. Se diría que su carácter había sido educado para reconfortar a quienes le rodeaban. Como acababa de cumplir los dieciocho, sus tutores decidieron presentarla en sociedad, siempre que su hermano hubiese regresado a Inglaterra, pues iba a cumplir el papel de protector.

Ya nada podía impedir que se celebrara este acontecimiento. Bien es cierto que Aubrey hubiese preferido quedarse en la mansión paterna, rumiando la pena que no le dejaba de herir; sin embargo... Le costó aceptar su papel de anfitrión, al odiar la falsedad de la vida. Si se sacrificó fue por el bien de su hermana. Semanas más tarde, los dos viajaron a la ciudad, dispuestos a resolver los últimos preparativos del día siguiente, que era el elegido para la fiesta de presentación en sociedad de la señorita Aubrey.

Horas después, pudieron comprobar que en aquellos salones se había reunido demasiada gente. Al parecer hacía tanto tiempo que no se organizaba un acontecimiento de esas características, digno de recibir a la misma realeza, por eso la nobleza de Londres no había querido perdérselo. Los anfitriones eran Aubrey y su hermana; sin embargo, terminaron encontrándose en un rincón, a solas.

De pronto, él se dio cuenta de que se hallaba en el mismo lugar donde vio a lord Ruthven por vez primera... Entonces notó que una mano le agarraba por el brazo y, después, una voz imposible de olvidar le susurró: «Ten presente el juramento que me hiciste».

El infeliz fue incapaz de volverse, acaso temeroso de que el espectro que se hallaba a su lado pudiera fulminarle con el simple hecho de cruzar las miradas. Pero terminó por hacerlo, para comprobar que aquel monstruo ofrecía idéntico aspecto que el primer día que le conoció. Estuvo unos segundos contemplándole, hasta que las piernas le flaquearon y debió buscar el apoyo del brazo de un amigo que pasaba cerca.

Seguidamente, avanzando entre la masa humana que formaban sus invitados, salió de allí. Subió a su carruaje y dio órdenes para que le llevasen a casa. Nada más encontrarse en sus aposentos, comenzó a pasear intranquilo, sin dejar de apretarse las sienes con las dos manos, acaso para impedir que le estallase el cerebro. De nuevo lord Ruthven se hallaba cerca. Los recuerdos le volvieron en una sucesión encadenada... Intentó reaccionar: no podía creer... ¡que los muertos resucitaran!

Como lo sucedido le parecía tan inconcebible, terminó por aceptar que acababa de sufrir una pesadilla estando despierto. Se hallaba demasiado obsesionado con el recuerdo de lord Ruthven, por eso su propia mente había dado forma a una alucinación tan engañosa como un espejismo en el cálido desierto. Esto le decidió a investigar. Pero le costó pronunciar el nombre de su enemigo. Cuando lo logró, quienes le escucharon no pudieron ayudarle ya que no conocían a ese noble.

Varias noches después, Aubrey asistió con su hermana a una fiesta organizada por un familiar. Procuró dejar a la joven bajo el cuidado de una matrona y, acto seguido, se encerró en una estancia apartada, donde no llegaba el bullicio de la gente. Necesitaba mortificarse con sus pensamientos culpables. Horas después, al creer que la casa estaba siendo desalojada, decidió salir. Pronto vio a su hermana charlando con algunas personas. Todas reían y bromeaban. Pidió a un desconocido que le dejase pasar; y cuando éste se volvió, pudo reconocer al engendro que tanto odiaba...

Reaccionó salvajemente, saltando hacia delante. Sujetó a su hermana por un brazo y, con la mayor rapidez, la llevó hacia la calle. Pero el camino se veía cerrado por una gran masa de servidores, todos los cuales llevaban las ropas de sus señores. Al mismo tiempo que luchaba por abrirse paso, le llegó al oído la voz susurrante del engendro: «¡No olvides tu juramento!» Se negó a replicar y a darse la vuelta, porque le importaba más llevar a su hermana a casa.

Puede decirse que Aubrey perdió materialmente el juicio. Si había estado obsesionado con una sola idea, que creyó fruto de unas tragedias irrepetibles, al tener que reconocer su equivocación, debido a que la amenaza acababa de adquirir carta de naturaleza, quedó sumido en un estado de indiferencia absoluta. Ni siquiera su hermana consiguió recuperarle, como las otras veces, por mucho que insistió en preguntarle a qué obedecía un cambio tan repentino.

Como él sólo respondía con palabras sin sentido, ella terminó asustándose muchísimo. La verdadera losa que los separaba estaba en el juramento. Pese a que Aubrey no cesaba de preguntarse: «¿Voy a consentir que ese engendro vuelva a destruir la vida y la fortuna de infinidad de familias inocentes?». Es posible que su propia hermana se convirtiera en la víctima siguiente... Sin embargo, en el caso de que no respetase su juramento, ¿habría alguien que le creyese?

Llegó a pensar que podía encargarse de matar al monstruo, idea que abandonó por inútil, al recordar cómo le había visto burlarse de este destino. Dejándose llevar por el pesimismo se aisló del mundo. Nada más que comía lo que le traía su hermana, la cual, sin dejar de llorar, le suplicaba que reaccionase aunque sólo fuese por ella.

Finalmente, Aubrey decidió vagar por las calles de Londres, al no poder aguantar tanta inactividad. Pero se abandonó, tanto en el plano físico como en el espiritual. Se le vio caminando sin un rumbo fijo bajo la lluvia o bajo un sol de castigo. Durante los primeros días regresaba a casa con la llegada de la noche, hasta que prefirió echarse a descansar allí donde le vencía el cansancio.

Su hermana pagó a varias personas para que le vigilasen; pero Aubrey terminaba por despistarlas, al echar a correr en el momento más inesperado, sobre todo cuando estaban recorriendo las callejas más intrincadas de Londres.

De pronto, su comportamiento volvió a cambiar radicalmente, porque comenzó a pensar que con su actitud huidiza lo que estaba consiguiendo era dejar a quienes amaba indefensos ante la amenaza del monstruo. Esto le devolvió a su casa, para reintegrarse a la sociedad. Quería alertar a todas las personas con las que lord Ruthven mantuviese trato.

No obstante, mientras asistía a una fiesta, se mostró tan tenso y desconfiado, que su hermana le suplicó que dejase de acechar como si de cualquier rincón pudiera surgir el demonio. Como no logró que cambiase de actitud, pidió ayuda a sus tutores. Y éstos creyeron oportuno, al temer que Aubrey se hubiera vuelto loco, asumir el papel que los padres de los jóvenes les impusieron en su testamento.

Por este motivo contrataron los servicios de un médico, que permanecería constantemente en la casa. Así podrían ser aliviados los sufrimientos que Aubrey soportaba en sus continuos vagabundeos. La novedad no sirvió para modificar las costumbres del obseso, debido a que su mente únicamente podía centrarse en un objetivo: evitar el próximo ataque del engendro.

Dado que seguía actuando de una forma tan incoherente, se le encerró en sus habitaciones. Pero él no lo consideró un castigo, al estar sumido a una postración que parecía definitiva. Su rostro se veía demacrado, su mirada era vidriosa y nada más mostraba algún atisbo de comportamiento racional ante su hermana.

Aunque lo hacía para coger las manos femeninas, a la vez que le dedicaba estas frases que ella consideraba inteligibles: «¡Jamás se te ocurra tocarle! ¡Si de verdad me quieres, no consientas que se te acerque!» Cuando la señorita Aubrey le preguntaba a quién se refería, la única respuesta que recibía era ésta: «¡Tienes que creerme! ¡Por favor, no dejes de estar alerta!». Acto seguido, volvía a caer en un ensimismamiento del que nadie era capaz de sacarle.

Esta situación se prolongó durante varios meses. Al cabo del año, comenzó a sufrir menos arrebatos de locura, como si le estuviera desapareciendo la melancolía. Lo más singular fue que había adquirido una manía: contar con los dedos un número misterioso, sin dejar de sonreír. Esta acción la repetía tres o cuatro veces al día.

Cuando ya estaba a punto de concluir el plazo de tiempo comprometido por el juramento, Aubrey recibió la visita de uno de sus tutores y del médico. En un momento de la conversación, estos dos hombres se lamentaron de que la señorita Aubrey no pudiera ser del todo feliz a pesar de estar en las vísperas de su boda. Entonces el «loco» reaccionó, queriendo saber quién era el novio de su hermana. Como acababa de dar una muestra de equilibrio, le contestaron que el conde de Marsden.

El rostro del joven se animó con una sonrisa, al creer que era un noble al que había conocido recientemente en uno de los bailes de sociedad. Y al indicar que estaba dispuesto a asistir a los esponsales, los que le escuchaban quedaron sorprendidos muy gratamente.

A los pocos minutos, ella apareció en los aposentos de su hermano. Los dos se estrecharon las manos, y el pasado más esperanzador pareció haber vuelto a aquel lugar. Aubrey la abrazó con fuerza, la besó en la mejilla cubierta de lágrimas dichosas y comenzaron a hablar apasionadamente. Sin dejar de alegrarse por el próximo acontecimiento.

De pronto, él se dio cuenta de que ella llevaba un medallón en el cuello. Le pidió autorización para abrirlo y... ¡El terror volvió de nuevo a su mente, a su alma y a todo su cuerpo al ver el rostro del monstruo!

Por este motivo arrancó el medallón en un arrebato de cólera, y lo pisoteó en el suelo como si estuviera aplastando a una cucaracha. Y al querer saber su hermana el motivo de tan insólita conducta, Aubrey se quedó sin habla... Como si hubiera supuesto que ella lo entendería. Tardó demasiado tiempo en replicar. Cuando lo hizo fue para apretar las manos femeninas, al mismo tiempo que sus ojos expresaban la mayor angustia. Superior fue el fuego que incendió sus palabras al exigirle el juramento de que jamás se casaría con ese engendro infernal...

Sin embargo, no pudo seguir hablando, al hallarse maniatado por el juramento que hizo a su mortal enemigo. Se dio la vuelta, acaso temiendo que lord Ruthven se encontrara allí mismo, y quedó indefenso al comprobar que no había nadie. En aquel instante aparecieron los tutores y el médico. Lo habían escuchado todo, por lo que trataron al supuesto enfermo como si ya fuera un loco sin posibilidad de cura: le separaron de la señorita Aubrey y, luego, a ésta le aconsejaron que abandonara la estancia.

La víctima del más cruel compromiso de honor cayó de rodillas, con las manos juntas y rogando que la boda fuese aplazada un día, ¡nada más! Pero aquellos hombres no le hicieron caso, porque tomaron cada una de las palabras como otra demostración de locura. Se limitaron a intentar calmarlo, y al comprobar que no lo lograban, decidieron marcharse de allí.

A la mañana siguiente, lord Ruthven se presentó en la mansión para comprobar cómo iban los preparativos de la boda. Nada más conocer que Aubrey estaba sufriendo una crisis nerviosa, entendió que él era el causante de la misma. Sin embargo, al oír que su ex compañero de viaje era tratado como un demente incurable, formó una sonrisa diabólica. Pese a sentirse satisfecho, quiso asegurarse del todo. Para ello recurrió a su joven prometida, a la que supo envolver con sus palabras seductoras, al decirle que necesitaba ver a su futuro cuñado, ya que aunque no le conociese por el hecho de llevar la misma sangre que la mujer a la que amaba él estaba obligado a quererle como a un hermano.

Las palabras del monstruo poseían el magnetismo hipnótico de las serpientes. Una fuerza demoníaca que terminó por envolver a la joven, hasta convencerla. Lo mismo que semanas antes lo había conseguido, al contarle que acababan de ofrecerle el cargo de embajador en un país europeo, por lo que debían acelerar al máximo la boda.

Mientras tanto, Aubrey estaba intentando sobornar a los servidores, sin lograrlo debido a que estaban muy bien aleccionado por los tutores y el médico. Como si le dieron pluma, tinta y papel, se cuidó de escribir todo lo relacionado con lord Ruthven. Después, redactó una nota para su hermana, en la que le suplicaba que aplazase la boda un solo día. Debía hacerlo por el cariño que siempre se habían profesado o por todos sus familiares muertos, que conocían la verdad de las conductas de los simples mortales. Además, esa boda sería, de celebrarse, maldita hasta el fin de los tiempos.

Cuando entregó la nota a los criados estaba convencido de que le complacerían. No obstante, nada más leerla el médico decidió romperla por considerarla el desvarío de una mente enloquecida, cuya influencia atormentaría todavía más a la señorita Aubrey.

En la mansión nadie pudo dormir en toda la noche, debido al ajetreo de sus moradores. Quedaban tantas cosas por hacer, ya que la ceremonia debía ser un gran acontecimiento. A la salida del sol, el ruido de los primeros carruajes que llegaban provocó que Aubrey se mostrara más frenético que nunca. Esto no impidió que supiera aprovechar el descuido de sus vigilantes, ya que sólo le habían dejado bajo el cuidado de una vieja doncella. Escapó de sus aposentos y, a los pocos minutos, llegó al gran salón en el que se encontraban la mayoría de los invitados.

Lord Ruthven fue el primero en advertir la presencia del enemigo. Corrió a su encuentro y, después de agarrarle por un brazo, le obligó a salir de allí, con tanta rapidez que no pudo pronunciar ni una sola palabra. En el momento que llegaron a una de las escaleras, le dijo al oído: «¿Es que has olvidado tu juramento? Te diré, al ver tu disposición a impedir mi boda con tu hermana, que ésta hace tiempo que perdió la virginidad... ¡Las mujercitas de hoy son tan débiles!».

Nada más soltar estas horribles palabras, empujó con fuerza al aterrorizado para que fuese recogido por los criados, los cuales acababan de llegar después de ser alertados por la anciana doncella. Aubrey opuso una escasa resistencia, ya que su furia llegó a tales extremos que se le reventó una vena. Debieron llevarle a la cama; sin embargo, nada de esto se le contó a la hermana –no se hallaba en el salón en el momento que él hizo su aparición–, siguiendo los consejos del médico. La boda se celebró, y el nuevo matrimonio salió de Londres.

Al mismo tiempo, Aubrey agonizaba. Una nueva hemorragia de sangre vino a indicar que estaba muy cercana la muerte. Con sus últimas voces rogó que viniesen sus tutores, a los que contó, nada más que sonaron las doce de la noche –instante en el que vencía el compromiso de honor sellado con su juramento–, lo que los lectores acaban de conocer. Luego expiró.

En esta ocasión sí fue creído; además, se encontraron los escritos. Los tutores marcharon con la mayor celeridad a proteger a la joven; sin embargo, al llegar a la casa junto al puerto, pudieron comprobar que lord Ruthven, o el conde de Marsden, había desaparecido, ¡no sin antes servirse de su esposa, la infeliz señorita Aubrey, para satisfacer su sed de sangre de VAMPIRO!

Orgasmos de Sangre. Carter Scott

Orgasmos de sangre

Carter Scott

Carter Scott nació en Los Ángeles (17 de noviembre de 1941), cerca de Hollywood; sin embargo, la influencia de su abuelo Joseph, que había sido brigadista en la Guerra Civil le invitó a venir a España hacia 1960. Pero el panorama literario de nuestro país no le gustó demasiado, por lo que volvió a su hogar norteamericano, para comenzar a colaborar como guionista para algunas productoras cinematográficas como la «Universal» y la «Metro», aunque pocas veces apareció su nombre en los títulos de crédito. Sus primeras novelas en castellano, idioma que domina a la perfección, las publicó en la editorial «Diana» de México en 1968: La muerte nunca será tu amiga, Poliface y Riendo y muriendo, entre otras.

En 1976, volvió a España, donde se ha quedado para siempre, al menos es su propósito al haber contraído matrimonio con una sevillana, a cuyo hogar han venido cinco hijos. Escritor de los considerados «todo terreno» ha pasado por el erotismo, el «porno», las novelas del «Oeste» y las de Terror. Algunos de sus mejores relatos los adquirió Ediciones V, pero no fueron publicados al desaparecer por una crisis editorial. Confiamos que este relato os guste tanto como a nosotros, debido a que en este caso el vampiro es una mujer de una crueldad fascinadora... y terrorífica.

Conviene resaltar que Carter Scott ha escrito, también, El Diccionario Esotérico y varios libros de Enigmas para nuestra Editorial.

Orgasmos de Sangre

¿Sabré describir a Verónica Aisworth del mismo modo que he venido sufriéndola «apasionadamente» a lo largo de estas dos últimas semanas... tan alucinantes? ¿Encontraré las exactas palabras que me permitan comunicar a quienes no la han visto nunca su belleza extraordinaria, tan singular e irresistible, que le convierte a uno en su esclavo, aunque luche desesperadamente contra su fascinación devoradora, canibalesca? Y por último, ¿existirá imaginación capaz de soportar los grandes horrores que yo he padecido en esta mansión... sin volverse loco?

Admito que me enfrento a la posibilidad de no ser creído por quienes lean estas cuartillas atiborradas de letras temblorosas y regadas de borrones, porque el pulso se me encabrita, y las ideas se agolpan en mi cerebro queriendo salir todas al mismo tiempo...

(La vela se agita ante mí, provocando sombras que parecen ser hijas de los terrores que emanan de este lugar tétrico. Se escucha el silencio, y mi respiración se hace cada vez más débil... Tengo sed, ¡mucha sed! Pero no beberé de ese vaso que me espera, cuyo contenido envenenado doblegaría los últimos vestigios de mi vieja y fraterna integridad... ¡Dios, Dios! ¿Por qué me entrego a esta pausa absurda cuando la muerte puede llegarme en cualquier instante...?).

Hace no sé cuanto tiempo yo era un periodista cotizado, que trabajaba para el London Reporter. Jamás me había llamado la atención eso que empezaba a estudiarse como «criminología», hasta que tres de mis mejores amigos desaparecieron. Luego, no conseguí localizarles a pesar de que visité las comisarías, los hospitales, las agencias inmobiliarias, las empresas de viaje, y todos los demás organismos públicos y privados a los que cualquier ciudadano recurriría en el caso hipotético de que deseara esconderse durante una temporada. Terminé por acudir a la más prestigiosa agencia de detectives de Inglaterra, y sólo obtuve una factura de mil quinientas libras esterlinas por un portafolios en el que no encontré ninguna información aprovechable.

Dado que soy reportero, se ha de entender que también dispuse de la colaboración desinteresada de quienes, por lo general, disponían de mejores fuentes de noticias que Scotland Yard. Sin embargo, mis compañeros sólo me hicieron partícipe de sus suposiciones, todas muy lógicas y apasionadas, con lo que aumentaron mi confusión, sin que me arrebatasen ni un ápice de la necesidad de llegar al final de una investigación que ya se había convertido en mi obsesión...

El primero que desapareció fue Joshua Bennington, un magistral violinista de treinta y dos años, tan hermoso y arrogante como un semidiós griego, junto al cual yo había gozado de infinidad de aventuras sentimentales y de borracheras, tanto de alcohol como de morfina, y últimamente veníamos compartiendo a dos chiquillas, deliciosamente calientes y atrevidas, que descubrimos en un cabaret del Soho.

Al segundo que dejé de ver se llamaba Charles Vuderhill, y era un discutido novelista de éxito. Pese a sus veintiocho años de edad, ya había publicado más de quince títulos que las mujeres inglesas devoraban porque, sabiendo él bordear la frontera de la cada vez menos rígida censura victoriana, combinaba como nadie la sensualidad, el morbo, la tragedia y la aventura. Acostumbraba a ser mi pareja en los juegos de naipes y en el billar, y gracias a su aportación valiosísima yo pasaba por ser uno de los hombres más afortunados de Londres.

Y el tercero, Frederick Schwartz, contaba treinta y tres años y dirigía uno de los más solicitados bufetes de abogados. Tan atractivo como los anteriores, así como tan conquistador de corazones apasionados y fáciles en el terreno sexual, se había ganado su prestigio defendiendo y «salvando de las garras de la Justicia» a varias damitas que corrían el peligro evidente de acabar en la horca. Pero como gustaba del deporte, para no perder la forma física, solía telefonearme dos veces por semana con el fin de que nos enfrentásemos en un partido de tenis o en un combate de boxeo, y siempre recurría a mí cuando su conquista de turno le imponía la presencia de una fiel amiga.

En vista de lo que acabo de exponer, es fácil deducir que yo quería a estos tres personajes como si fueran mis hermanos. De ahí mi obsesión por localizarles. A tal extremo llegué en mi empeño, que convencí a los dos propietarios de mi periódico con el propósito de que me concedieran unas páginas en las ediciones de la mañana.

Me concentré con tanta intensidad en esta tarea, que los lectores y lectoras reaccionaron de una forma muy positiva, sólo en el terreno comercial, por lo que mis editores se vieron obligados a duplicar la tirada del London Reporter. Creo que recibimos decenas de miles de cartas, con lo que se nos impuso contratar a una veintena de especialistas en clasificación de correspondencia. También hubo semanas que dispusimos de la colaboración de centenares de detectives, la mayoría aficionados, y de una cantidad similar de informantes anónimos.

No sé cómo pude desarrollar una actividad que llegó al límite del agotamiento físico y mental, pues calculo que llegué a dormir unas tres horas diarias durante aquel mes de locura. Porque me empeñé en comprobar personalmente las pistas que me parecieron más válidas: recorrí Inglaterra cinco veces, navegué a las costas españolas, francesas, danesas y hasta a las finesas... ¡Sin encontrar a uno solo de mis amigos!

La muerte de la Reina Victoria puso fin a nuestra empresa, debido a que no podía haber otra noticia más importante. Y así me encontré viviendo unas noches de relativa calma. Por eso decidí abandonar Londres. Estaba convencido de que jamás lograría localizar a mis «hermanos»...

¡Y, de pronto, Ella apareció!

(Los ojos se me llenan de lágrimas, la piel de mi cuello palpita en la demanda del encuentro esclavizador y mis instintos me exigen que me someta. Porque el premio será tener derecho a verla cerca de mí un día más, a sentir su presencia fascinante, a escuchar sus palabras embriagadoras, y a extasiarme ante su belleza sobrenatural, única... ¡No es cierto!

«¡Ella supone la muerte...! ¡Mi muerte tan próxima e irremediable!

»Debo escribirlo todo, aunque sólo exista una remotísima posibilidad de que alguien llegue a leer estos papeles...»).

Recuerdo que era de noche. Yo permanecía sentado en una hamaca de la terraza del balneario, sujetando con la mano derecha la última novela de Stevenson, The Weir of Hermiston, y los pensamientos se me habían recargado de sensualidad bajo la luna llena...

¡Entonces pasó ante mí una figura de mujer!

Mis pupilas casi no la vieron; sin embargo, todo mi ser acusó su presencia, como si cada uno de los poros de mi piel se hallaran cargados de limaduras de hierro, que hubieran sido sometidas a una actividad prodigiosa por el imán extraordinario que poseía aquella criatura excepcional.

Para un mujeriego como yo, que siempre contaba con un montón de damitas entre las que poder elegir mi pareja para la velada de aquella noche o para disfrutar de una corta temporada, ese comportamiento de chiquillo enamoradizo me resultó digno de ser experimentado.

La seguí sin esconderme, y dejando bien patente mi interés por Ella. En cierto momento eché a correr, temiendo haberla perdido en la conjunción intrincada de paseos que atravesaban el jardín del balneario. Pero no tardé en verla sentada en un banco, sola. Me quedé inmóvil, a unos diez pies de distancia, mirándola extasiado...

¿Es posible que tanta hermosura se pudiera concentrar de aquella sublime manera en una sola mujer?

Yo jamás había visto una perfección de líneas, de formas y de expresiones como las que tenía ante mí. Supongo que debí manifestar el mismo arrobamiento que domina a un amante de cualquiera de las Bellas Artes cuando, por fin, se encuentra frente al regalo contemplativo, también auditivo e intelectual, de esa cumbre, única, que supone el techo supremo de sus apetencias y de sus sensibilidades...

A punto estuve de caer de rodillas, para adorarla igual que si yo fuera un indígena primitivo e ignorante, y ella la diosa pagana que siempre había estado esperando. Pero me contuvo el orgullo y el civilizado reconocimiento de que estaba siendo víctima de una «enfermedad romántica» generada por los días que llevaba sin tratar con el sexo femenino.

Cuando estimé que era dueño de mi aplomo habitual, me aproximé a la desconocida.

–¡Buenas noches! –saludé forzando un tonillo despreocupado, aunque sin dejar de vigilar cada una de sus reacciones.

–Buenas noches...

Su voz llegó a mis oídos como los arpegios más divinos del violín de Paganini, y mi seguridad de conquistador se quebró. No obstante, intenté combatir la extraña timidez que me invadía.

–Hace una noche deliciosa... Es la primera vez que la veo por aquí... ¿Es usted cliente del balneario, miss...?

–Miss Aisworth; pero llámeme Verónica –dijo Ella, mirándome directamente a los ojos–. Sólo estoy de paso. He venido a saludar a una amiga... Conocía este jardín, y he querido disfrutar de su tranquilidad, de su soledad...

–¿Debo entender que la molesto, Verónica? –pregunté con un tono solícito, propio de quien ya únicamente podía vivir para obedecerla.

–No, por favor, no me interprete mal. La soledad compartida pierde toda su frialdad para hacerse un placer comunicativo: sobran las palabras, debido a que la respuesta del acompañante la captamos a través de su respiración y de esas otras emociones que sólo los necios llaman mudas. En este mundo herido por los pragmatismos, siempre conviene fomentar el goce de lo cotidiano... de lo eterno. La noche, la luna, el aire en reposo, toda la vida que nos rodea y el hecho tan palpable de que usted y yo empezamos a ser los protagonistas de unas vivencias que tardaremos en olvidar...

–¡Yo nunca la olvidaré a usted, Verónica!

La exclamación brotó espontánea, incontrolada, dando testimonio de que ya no me pertenecía: era su esclavo, su admirador más fiel y menos exigente, y un pelele que Ella podía controlar a su capricho. Pero de esto último tardé demasiado tiempo en darme cuenta.

–Sé que usted nunca me olvidará, Ronald.

(¿Cómo no me extrañó que conociese mi nombre y que se mostrara tan segura de su dominio sobre mi cerebro? Yo no era un periodista famoso fuera de los círculos profesionales de Londres, por lo que debió resultarme ilógico que aquella desconocida pudiese identificarme. Además, me había relacionado con cientos de mujeres... ¡Qué borracho me sentía de vanidad, qué ciego y qué torpe!)

–Tengo que irme, Ronald.

–¿Me permite que vuelva a acompañarla, Verónica? ¿Dónele reside usted? ¿Me autoriza a que vaya a buscarla a su domicilio? ¿Le parece bien mañana, a la hora del té?

–¡Cuántas preguntas a la vez, Ronald! Ya veo que es usted un amigo apasionado y muy cordial, lo que me agrada. Le ruego que tenga paciencia durante unas horas. La situación actual de mi familia me aconseja que no le dé mi domicilio, ni que le permita que me visite... Le recomiendo que no empiece a cavilar sobre mi suerte, pues le aseguro que ésta es pasajera. Dentro de dos noches, a esta misma hora, yo estaré aquí para ofrecerle todas las satisfacciones que merece la amistad que usted acaba de ofrecerme... Ahora le pido que no me siga. Me ocasionaría un gran disgusto si no me obedeciese. También le aconsejo que no cuente a nadie que nos hemos visto. Estas vivencias son sólo nuestras, de nadie más. ¡Gracias por su compañía y por su amistad, Ronald!

Se marchó de mí, y yo me quedé mirándola, aceptando el papel de un perro amaestrado a pesar de que toda mi voluntad me exigía ir tras de Ella. Luego, abandonado en aquella isla del jardín, me di cuenta de que estaba deseando que transcurriesen las cuarenta y ocho horas que iba a tener que esperar... ¿Qué tipo de satisfacciones me proporcionaría el reencuentro?

Estaba enamorado. Era como un colegial que pierde el sueño aguardando el encuentro con la amada. Después, no conseguí entretenerme con la lectura, ni con el tenis, y tampoco atendí las repetidas llamadas telefónicas que sonaron en mi habitación. Respecto a las comidas, creo que me limité a probar algunos platos. Porque mi hambre era otra: tan poderosa que anulaba a todas las demás.

Llegó el momento de la cita. Me arreglé con el mayor esmero, me perfumé discretamente, elegí un bastón de nácar, que no necesitaba, pero que tenían la costumbre de llevar los elegantes londinenses. Aparecí en el jardín diez minutos antes. Por nada del mundo me hubiese retrasado.

Procuré que nadie me viese, dado que a Verónica le gustaba tanto la soledad. Por eso me encontré junto al banco en el momento que era mayor la calma del aire y de la naturaleza. Sin dejar de fijarme en que el viento acababa de desaparecer, repentinamente, y que hacía calor. En la bóveda celeste la luna llena me miraba.

Formé una sonrisa idiota, eché un vistazo a mi reloj de cadena, que marcaba las diez y cuarto, y comencé un paseo cada vez más intranquilo. Pero en ningún momento me distancié más de veinte pies del banco.

Un miedo a que Ella se hubiera olvidado de mí comenzó a perforarme el cerebro. Varias gotas de sudor se formaron sobre mi bigote y en mis pabellones nasales; mis manos no encontraron lugar en el que aquietarse, y el silencio me dañó los oídos de tanto esperar a que lo rompiese el sonido de unos pasos, que yo sería capaz de distinguir entre un millón.

Repentinamente, en una acción relampagueante, escuché un mido anormal, me volví sobresaltado y algo me atrapó todo el cuerpo, después de superar el obstáculo de mi cabeza en movimiento. Una especie de lazo me rodeó por los brazos y por la cintura. Intenté luchar contra aquel ataque inesperado, pero mi enemigo era dueño de una fuerza descomunal. Me acababa de inmovilizar por completo, ya que hasta había tenido tiempo de atarme las piernas.

Sintiéndome víctima de una situación incomprensible, quise gritar con todas mis fuerzas. Pero me enfrentaba a alguien que conocía su oficio. Presionó su manaza sobre mi boca, localizándola a pesar de que yo estaba cubierto con un saco y, a la vez que me impedía mover los labios, se cuidó de hacerme inhalar algún narcótico de efectos casi fulminantes...

A los pocos segundos el cerebro se me llenó con el rostro de Verónica, precisamente en el momento que me decía: «...yo estaré aquí para ofrecerle todas las satisfacciones que merece la amistad que usted, acaba de ofrecerme»; seguidamente, la imagen comenzó a agigantarse y a dar vueltas como si estuviera en el centro de una espiral de curvas enloquecidas o de un torbellino de ondulaciones cargadas de agresividad; y la larga frase comenzó a acortarse hasta quedar sólo en la palabra «satisfacciones». Entonces, esta voz, irónica fue decreciendo, sin cesar de repetirse, hasta que dejé de oírla...

Es lo último que recuerdo antes de perder el sentido.

Me desperté vomitando una papilla verde. El narcótico había sido éter. La certeza debió nacer de un rincón intacto de mi mente. Me sentía mareado, muy débil y en la boca mantenía una náusea, que era el reflejo del estado total de mi organismo. Cerré los ojos, sin darme cuenta de dónde estaba y de qué había sucedido.

Ignoro el tiempo que permanecí entregado a aquel denso sopor, en cuyo interior comencé a vislumbrar retazos de la realidad circundante: un ventanal, en el que unas cortinas de seda eran mecidas por el aire; las llamitas oscilantes de un candelabro; el techo de la estancia, donde la imaginación de un pintor rococó parecía haber representado un aquelarre –no distinguía bien los personajes, pero el motivo principal lo formaba un riente diablo de impresionante aspecto–; supe que era de noche; y...

¡¡¡Ella estaba ante mí!!!

Vestía una túnica blanca, de seda transparente. Su desnudez era estatuaria, fríamente perfecta, excitable. Sus ojos y su boca poseían la fascinación de los misterios por los que todo ser humano entregaría la vida. El mensaje insondable, a la vez que retador, erizó cada vello de mi cuerpo, confirió claridad a mi mente, hizo que mis brazos temblasen y llevó a mis genitales las palpitaciones del deseo. Sin embargo, me fue imposible realizar movimiento alguno.

Con los párpados abiertos exageradamente, las pupilas inmovilizadas y los iris convertidos en espejos llenos de su imagen, supe que yo era la sumisión y Ella la acción dominadora, mi dueña.

Se detuvo a mi lado. Su fascinación me deslumbraba sin forzarme a cerrar los ojos. Olía a unas llores que no supe identificar, pero que me embriagaban. Elevó su diestra, de dedos largos y blanquísimos, y movió ligeramente mi mentón hacia la derecha. La piel de mi cuello se entregó a vibrar en una irresistible llamada de deseo, como si adivinara antes que mi cerebro lo que iba a suceder...

Con el rabillo del ojo contemplé cómo la boca de Verónica se abría voluptuosamente, cómo su lengua producía un chasquido de glotonería, y cómo aparecían sus caninos, afilados y sobresalientes cual dagas diminutas...

Lentamente, en un proceso similar a la penetración masculina en el coito, sus armas incisivas se aproximaron a los puntos de perforación...

¡Sentí un dolor doble, agudo y muy breve, y en seguida Ella se entregó a sorber y a chupar, porque mi sangre manaba de las heridas como un manantial virgen que necesita abandonar el subsuelo!

A medida que Verónica se apoderaba de mi líquido vital, yo acusaba el enervamiento propio del acto sexual, porque todo mi sistema nervioso estaba gozando con la entrega.

De pronto, me creció una tromba de fuego en las ingles, fruto de los pequeños eructos de satisfacción que mi dueña estaba soltando. Y eyaculé cuando volví a sentir la entrada de sus dientes en mi cuello.

Luego, en una entrega fuera de toda valoración humana, continué aceptando la transfusión que le estaba brindando a cambio de mi incontrolado placer carnal, siendo consciente de que ésas eran las «satisfacciones» que yo merecía...

Unos segundos después de que Ella cesara de morder en mi cuello, abandonando la succión de mi sangre, recuerdo que volví a perder el conocimiento. Ahora me resulta imposible cuantificar los «orgasmos de sangre» que llegué a conquistar en aquel instante sublime...

(¿Bajo qué maldito influjo califico de sublime lo que fue una auténtica posesión satánica o vampírica? Ahora que confío al papel aquel instante, con la ilusa esperanza de impedir que otros sean reos de este maleficio, para mí ineludible, combaten en mi ánimo el insulto, la rabia y el odio al infernal verdugo con la necesidad de ser objetivo al narrar todo lo sucedido.

«Pero, ¿se encuentra a mi alcance la objetividad cuando sé que mi muerte es cuestión de unas horas o de unos minutos...? ¡Dios, Dios! Tengo que seguir, aunque sólo sea por solidaridad con todos los seres humanos...»).

Al día siguiente desperté sintiéndome presa de una mayor debilidad que la noche anterior. Pero las ideas y los temores eran nítidos: en un tropel llegaron a mi cerebro, y no me costó clasificarlos. Supe que había sido raptado por alguien que, después, me trajo a la casa de Verónica Aisworth...

¡Ella era una mujer vampiro!

Todo estaba muy claro: el encuentro misterioso, la fascinación esclavizadora, la petición de silencio, mi espera anhelante y la caza miserable de mi persona. Cada fase de esta trampa únicamente había perseguido mi desaparición, sin que nadie pudiera suponer cuál era mi actual paradero...

«¡Pero yo conseguiré escapar de aquí!», me dije sobrevalorando mis propias fuerzas.

Abandoné la cama con pasos vacilantes, me puse una bata que vi colocada en el respaldo de una silla, me calcé unas babuchas hindúes y me dirigí hasta una de las puertas. Abrí la que correspondía al cuarto de baño. Pensé que no me vendría mal darme un buen remojón, porque necesitaba eliminar, aunque sólo fuera en una mínima parte, el aturdimiento que me agobiaba. El agua fría me ayudó a reaccionar, a la vez que transmitía a mi ánimo una audacia que iba a precipitar el macabro y repulsivo desenlace de mi secuestro.

La otra parte del dormitorio se abría a un corredor alfombrado, al final del cual descendía una escalera con pasamanos del siglo xvi. Pero el edificio no parecía contar con más de cincuenta años. Me decidí a iniciar una exploración del lugar, siempre deseando encontrar un medio de evasión.

En seguida abrí las fallebas de un ventanal de cristales pintados con motivos satánicos, y me tropecé con una reja formada con barrotes de acero de unas cinco pulgadas de diámetro. También encontré una especie de malla o mosquitero de bambú, o de un material similar, que servía para tamizar aún más la luz del día.

«Los vampiros no resisten la claridad solar», recordé con una tenue sonrisa en mis labios y en mis ojos. «¿Significarán estas medidas que Verónica puede vivir a otras horas que no sean las nocturnas? Seguro que aquí no encontraré ajos; pero si me resultará sencillo realizar una tosca cruz defensiva...».

El simulacro de libertad que creía estar disfrutando era de estas estúpidas disquisiciones.

Cerré el ventanal con decisión, me quedé mirando a una de las encendidas lámparas de gas, y seguí con mi ilusa acumulación mental de elementos defensivos. Seguidamente, descendí a la planta baja con paso más firme.

Continuaba rodeándome una semipenumbra, a la que mis ojos se habían habituado, y las alfombras del suelo amortiguaban mis pasos.

Repentinamente, escuché la introducción del Concierto en la mayor de Bach, y el corazón se me subió a la garganta: ¡era Joshua Bennington, mi amigo desaparecido, el que estaba tocando ese violín maravilloso!

Corrí a la estancia de la que salía la melodía, ¡y le vi, en el fondo, con toda su concentración mayestática, logrando como siempre que el violín formase parte de su cuerpo!

Mis piernas se detuvieron, un ahogo de emoción me inundó la garganta imposibilitándome el habla, y las lágrimas acudieron a mis ojos... ¡Joshua, mi «hermano», estaba vivo!

Sin embargo, cuando había conseguido que la emoción no me impidiera avanzar unos pies, la realidad me golpeó de lleno. Porque el espejismo acababa de ser destrozado igual que un cristal al recibir el brutal impacto de una pedrada... Entonces acusé la segunda evidencia del poderío sobrenatural de Verónica: ¡aquella figura no era real..., sino un autómata de una gran perfección!

(Pienso que de no haber visto otros ingenios parecidos, ninguno de la calidad suprema de aquél, hubiese tardado más tiempo en descubrir la morbosa añagaza...)

Unos dedos de hielo presionaron mi corazón, me puse a balbucir frases incomprensibles, como de disculpa y desesperación, y me detuve ante el muñeco violinista. ¡Ni los más afamados museos de cera hubiesen conseguido un parecido tan exacto... tan real dentro de su irrealidad!

Sólo fijándome detenidamente, advertí que el arco del violín y los dedos que presionaban las cuerdas no coincidían con las notas que se escuchaban. Además, el sonido, rico en un principio, iba perdiendo calidad debido a que el fonógrafo, oculto en alguna parte, ya no giraba a las mismas revoluciones...

Todo mi cuerpo se hallaba bañado de sudor. Sin saber porqué lo hacia, levanté la mano derecha para tocar el rostro del autómata...

¡Estaba cubierto de piel humana auténtica, porque yo desconocía que se hubiera inventado una materia que la pudiera sustituir con tal perfección!

Por eso grité, vociferé y aullé, aplastado por el silencio en el instante que recuperé la lucidez, mental. Con aquella figura quieta ante mis ojos, cruelmente burlona al estarme mirando fijamente, me asaltó la realidad de mi absoluta indefensión.

Pero las sorpresas no habían concluido: a mi derecha y a mi izquierda se encendieron dos puntos de luz, sin que yo advirtiese cómo se habían prendido las lámparas de gas, ¡y en unos pequeños escenarios aparecieron Frederick Schwartz, el abogado, y Charles Vuderhill, el novelista!

Mi primera reacción fue la de quererme unir a cada uno de ellos en un abrazo emocionado... Me contuve a tiempo, porque sólo eran muñecos tan perfectos como el anterior.

¿Qué significaban estos tres hallazgos? ¿Debía suponer que mis amigos habían sido secuestrados, como yo, para entregarle su sangre y su vida a Verónica Aisworth, y luego servir al diabólico constructor de los autómatas? ¿Cómo valoraría esto: una demostración excepcional de fetichismo o el trofeo «casi real» que necesitaba la vanidad de una criatura satánica?

La tromba de preguntas me obligó a permanecer quieto durante unos instantes. Después eché a correr lejos de aquella habitación, impulsado por una cólera instintiva y con la razón desbocada por el pánico. Quería evadirme de aquella pesadilla...

Pero, en la misma puerta, me tropecé con un gigante de más de ocho pies de estatura y ciento veinte libras de peso, de cráneo rapado, tuerto y con el rostro cruzado por unos costurones sanguinolentos. Las aspas descomunales de sus brazos y piernas me cerraron totalmente el paso.

–Acompáñeme al comedor, mister Frayser. La cena está servida y la Señora le espera –dijo con una voz gangosa–. No me gustaría romperle los huesos del cuello antes de tiempo...

Quise retroceder, y él me atenazó por el antebrazo derecho. Materialmente fui arrastrado por las gruesas alfombras que cubrían el suelo de tres habitaciones. Durante este forzado recorrido, comprendí que aquel energúmeno era el que me había raptado en el jardín del balneario. Y aprecié, al mismo tiempo, que sus manos poderosas se formaban con unos dedos excesivamente largos y sensitivos. Me recordaron a los de Joshua Bennington, aunque no había duda de que los superaba en longitud y en flexibilidad.

–Buenas noches, Ronald –me saludó Verónica desde la cabecera de una mesa de banquetes, en la que se habían colocado los cubiertos para un solo comensal–. Como no quiero infravalorar su inteligencia, he de suponer que ya se habrá hecho usted una idea del peligro al que se enfrenta, ¡y de las inmensas «satisfacciones» que va a proporcionarnos, a la vez, que nosotros le proporcionaremos a usted!

El coloso me sentó en una silla tapizada de rojo terciopelo, manejándome como si yo fuera un crío, y se quedó a mi lado, sin dejar de vigilarme con su único ojo. Tragué saliva, aunque era muy escasa la que quedaba en mi boca, y repliqué:

–¿Por qué nos ha elegido a los cuatro?

–Veo que su sagacidad es intuitiva, lo que admiro. También aplaudo que haya dado con su pregunta una gran importancia a la amistad. No esperaba menos de usted... Verá, procurando ser concisa, le diré que ha resultado muy fácil la selección, porque ustedes formaban el grupo de «calaveras» más popular de Londres.

–¿No me hará creer que una mujer como usted, una vampira, es enemiga de los machos seductores, como las sufragistas? –pregunté con una sorpresa acaso nacida de una lógica deformación profesional.

–¡No, ciertamente que no! Ustedes cuatro no son los «calaveras» enfermizos, más bien tísicos, que puede una encontrar en París, en Roma o en Baden Baden, sino jóvenes deportistas, llenos de vitalidad física y amorosa y poseedores de una sangre de primerísima clase... ¡Hace siglos que no sorbía una sangre igual, se lo aseguro!

Un velo de desesperación se formó ante mis ojos, y quise abandonar el asiento; pero el carcelero me lo impidió sujetándome por los hombros, para incrustarme materialmente en la tapicería de la silla.

–No maltrates «nuestra comida», querido Joseph –recomendó Ella haciendo gala de una cruel ironía–. ¿Por qué palidece usted, Ronald? Le advierto que el terror enriquece su fluido sanguíneo, yo diría que hasta lo oxigena... A pesar de que su mente no debe estar para muchas deducciones, supongo que no le habrá pasado por alto que he dicho «nuestra comida»... En efecto, Joseph, que es un fantástico constructor de ingenios mecánicos, también reúne la cualidad de ser un caníbal auténtico: un degustador del corazón, de los hígados y de todos los órganos internos del cuerpo humano. Pero no le atraen las primeras capas de piel, quizá porque éstas las necesita para conferir tanto «realismo» a sus autómatas. Le diré que él mismo diseca los cadáveres, y luego...

No pude escuchar más atrocidades.

Sin dejar de vomitar, me tapé los oídos con las dos manos, rabiosamente. De pronto, en un impulso de supervivencia, creí que contaba con una baza de salvación. Por eso cogí los cubiertos y formé una cruz, que intenté elevar frente a mi diabólica enemiga...

Al instante recibí unos golpes brutales en las manos y en el cuerpo, que me hicieron rodar por los suelos. Quedé aturdido. La alfombra impidió que se me rompiera la cabeza. Aún no me explico cómo encontré fuerzas para echar a correr. Lo hice por los pasillos, habitaciones, escaleras, corredores y sótanos de la mansión.

En todos los lugares me fue imposible vencer la resistencia de los barrotes y de las mallas de bambú, aunque siempre dispuse del tiempo suficiente para abrir las fallebas y las cerraduras. Sólo se me resistió la que correspondía a la puerta principal.

Entregado a una creciente desesperación, con las pupilas casi fuera de las órbitas, ahogado por la fatiga y dominado por el terror, me adentré por el pasillo más tétrico. Acaso creyendo que la oscuridad me podía brindar alguna posibilidad de salvación, o la oportunidad de disponer de unos minutos para razonar. Los suficientes para hallar una solución...

¡No, no! Sólo me impulsaba el instinto de supervivencia, los últimos testimonios de una voluntad que no quería entregarse a la muerte sin luchar.

Repentinamente, encontré mi camino cerrado por una pared. No veía nada. Tanteando localicé la manija de una puerta, que cedió ante mi primera presión... Crujieron las bisagras con un sonido precursor de lo que me aguardaba, y una fetidez de sepulcros abiertos me golpeó de lleno. Retrocedí unos pasos, quizá intuyendo que iba a encontrarme con un nuevo peligro.

Pero, ¿podía ser mayor que ese otro que representaban Verónica, la vampira, y Joseph, el caníbal constructor de autómatas?

Sin dudarlo ni un segundo más, rebasé el umbral apoyándome en las paredes. Seguía moviéndome en la más absoluta oscuridad, por lo que debía asegurarme del lugar donde pisaba. Llegué al final de un descansillo, y con la parte delantera de la babucha localicé el comienzo de una encharcada escalera de piedra. Mis dedos se aferraron a una gruesa maroma salitrosa, que tal vez fuera un pasamanos descendente. La tomé como referencia y asidero.

Contando con esta débil seguridad física, comencé a descender escalón tras escalón, muy despacio. Cerca escuché el correteo de las ratas, y una cayó encima de mí, sobre mi hombro derecho... ¡A punto estuve de perder la sujeción por culpa del escalofrío de repugnancia que convulsionó todo mi cuerpo!

Pero conseguí recuperar el equilibrio, no queriendo caer rodando hacia el abismo de negrura, hedores y frialdades que se extendía delante de mí. Proseguí el lento descenso, notando que cada vez, se iba adueñando de mi cerebro una sensación de impotencia, de un cobarde fatalismo...

De pronto, sin causarme asombro, ya que mis fuerzas y mi mente se hallaban sumidas en un letargo casi absoluto, se encendieron varias lámparas de gas en distintos puntos de las paredes...

(Algún oculto mecanismo debía haber producido las llamas, con el único fin de que aquel teatro de horror me fuese totalmente visible... ¡Porque se me reservaba el más envenenado de los encuentros!)

A pesar de la relativa claridad, ya que la luz, artificial no conseguía eliminar las penumbras en muchos de los extremos y recodos, me costó varios minutos hacerme una idea exacta de la estancia donde había entrado: un sótano-bodega en el que unas grandes cubas formaban un semicírculo alrededor de cuatro ataúdes. Uno de éstos, el que ocupaba el centro, descansaba sobre un pedestal de negro alabastro, su madera había sido barnizada con un rojo oscuro y se hallaba totalmente abierto, por lo que se veía el terciopelo brillante que recubría su interior. Además, la tierra del suelo se encontraba empapada de un líquido cenagoso, que servía de zona de correteo a cientos de enormes ratas.

Sin saber por qué lo hacía, ya que allí no había ninguna otra salida, continué descendiendo los últimos escalones. Sin dejar de sujetarme a la maroma verdosa cubierta de musgo. Mi voluntad era la de un hipnotizado que avanzaba, lentamente, hacia las fauces abiertas de un implacable depredador...

¡Súbitamente, antes de que me llegase sonido alguno, vi cómo se empezaban a desplazar las tapas de los otros tres ataúdes!

Clavado en el suelo, con los dedos entumecidos y la voluntad rendida, asistí a un proceso alucinante: las maderas se estaban moviendo pausadamente, a la vez que surgían unas manos humanas desprovistas de piel, con los nervios, las venas y los tendones montando sobre los huesos...

¡Y largos momentos después, aparecieron unos cadáveres desnudos, a los que les faltaba toda la parte externa del cuerpo, lo que les hubiese podido individualizar o hacerles reconocibles!

Eran unos auténticos monstruos... ¡Qué se acercaban a mí, balanceantes, con los brazos extendidos y las bocas «siempre rientes» al faltarles los labios!

–¡Necesitamos tu sangre... Tu preciosa sangre... No puedes negárnosla, Ronald...!

Las exclamaciones susurrantes, desesperadas, unido a la circunstancia de que supieran mi nombre, me permitieron comprender que aquellos no muertos eran mis tres amigos... ¡Lo que quedaba de mis «hermanos» después de haber sido víctimas de Verónica, la vampira, y de Joseph, el caníbal!

¡No, no me unía ningún vínculo de afinidad, de fraternidad, con aquellos repugnantes cadáveres!

Por eso encontré las fuerzas suficientes para retroceder, necesitando escapar de aquel horror venenoso, que era mucho mayor que todos los anteriores que había sufrido en esta mansión infernal. Conseguí superar cuatro o cinco escalones, sin dejar de mirar a mis enemigos... Se hallaban tan cerca, que pude comprobar que estaban exangües, y que sus caninos eran afilados, tanto como los de Ella... ¡Se habían convertido en vampiros!

Esta terrible evidencia me obligó a olvidar mi propia seguridad. Por este motivo resbalé en la piedra empapada, con tal violencia que de nada me sirvió la sujeción que me proporcionaba la maroma posamanos de la escalera...

¡Y caído en el suelo, temblando de impotencia, contemplé cómo las bocas de los tres no muertos se abrían, horripilantes, buscando el bocado que suponía mi cuerpo aún repleto de líquido vital!

–Tu sangre es nuestra, Ronald... La necesitamos... –susurraron gangosamente, muy cerca de mi cuello.

Sus gargantas vomitaban la fetidez de un aliento corrompido y sus ojos, sin párpados, eran el reflejo de la más repelente de las hambres... Me tapé la cara con el brazo izquierdo, me arrastré por el suelo y conseguí balbucir:

–¡No, no... Por la memoria de nuestra amistad..., dejadme vivir...! ¡Volved a vuestros ataúdes... Os lo suplico...!

–Seguirás vivo, Ronald... ¡Nada más que nos tienes que dar un poco de tu sangre... tan preciosa para todos nosotros...!

No sé quién se adelantó a los demás, porque resultaba imposible reconocerlos. De lo que sí estoy seguro es de que su respiración llegó a abrasarme la piel, muy cerca de la carótida... ¡Iba a clavarme sus colmillos en los puntos de succión, en las mismas cárdenas heridas dejadas por Ella!

De repente, igual que si se hubiera desatado un huracán de viento y chispas eléctricas, todos fuimos desplazados violentamente contra las paredes. Quedamos formando un círculo, en cuyo centro se alzó la figura de Verónica Aisworth.

–¡Fuera de aquí, gusanos! ¡Este hombre es mío, SOLO MÍO! –gritó con una voz tronante.

Los tres no muertos la obedecieron protestando rastreramente, en una demostración de sumisión infrahumana... ¡Y, en aquel instante, supe que ese era el destino que me esperaba si continuaba en la mansión!

La amenaza me pareció tan abyecta y terrorífica que, haciendo el último acopio de fuerzas, conseguí escapar del sótano. Para correr sin ninguna dirección fija, forzando las manijas de las puertas, las fallebas de las ventanas y los cerrojos siguiendo una inercia de supervivencia...

Finalmente, jadeante y sin fuerzas, vencido, quedé inmóvil en un rincón, sabiendo que Joseph, el caníbal que convertía la piel de los cadáveres humanos en la cubierta de sus autómatas, venía a por mí. Le vi aparecer sin dar muestras de cansancio, muy seguro. Me pegué a la pared, sabiendo que ya era totalmente imposible seguir resistiéndome. Después, el coloso me sumió en la inconsciencia con un simple puñetazo...

Volví a la realidad en varias etapas, debido a mi gran debilidad. Más tarde, cuando acababa de darme cuenta de que me habían devuelto al dormitorio, escuché unos gritos alucinantes. La idea de que allí se encontraba un compañero de sufrimientos impulsó mi curiosidad. Conseguí llegar a la puerta apoyándome en los muebles y en las paredes. Salí al corredor. Los gritos venían de una habitación cercana.

(En ningún momento pensé que podía tratarse de alguno de mis ex amigos. Porque cada uno de mis actos se hallaba fuera de todo autocontrol racional.)

No obstante, a medida que iba acercándome a aquel lugar, lo que me había parecido una protesta se fue convirtiendo en una demanda amorosa, en una súplica de mayores castigos. Así me encontré con un nuevo espectáculo dantesco: Verónica estaba azotando con un knut a Joseph, el cual ofrecía su desnudez, sus risas y sus lamentos a quien le estaba satisfaciendo sus placeres masoquistas.

Encima debí reconocer que Ella se exhibía tan hermosa, tan «sublime», como en el momento que se acercaba a morder mi cuello rendido.

Podía haber aprovechado la ocasión para repetir el intento de fuga; sin embargo, permanecí quieto, hasta que el coloso, cuyo rostro y cuerpo aparecían cruzados por infinidad de costurones sanguinolentos, me condujo a mi encierro.

¡Cómo se reía el maldito al comprobar mi mansedumbre!

Nada más que me volví a encontrar solo, comencé a reprocharme no haber peleado hasta la muerte. Mientras tanto, en el fondo de mi cerebro, algo me decía que mi sumisión era la del esclavo, porque mi único deseo era repetir las «satisfacciones», los orgasmos de sangre de la noche anterior..., ¡a pesar de que me esperase el destino de a mis tres «hermanos»!

No tenía hambre, a pesar de que llevaba cuarenta y ocho horas sin probar bocado. Pero la sed ardía en mi garganta. Bebí el contenido de un vaso, que estaba junto al candelabro; y, al momento, me desplomé fulminado por un narcótico...

Y fui a despertar en el instante infernal que Ella se encontraba a mi lado: con sus sedas transparentes, su cuerpo perfecto totalmente expuesto a mis ojos y su boca abierta.

La aparición de sus colmillos, afiladísimos, despertó mil vibraciones de pasión en la piel de mi cuello. Un conocido enervamiento se apoderó de mi cuerpo, para que se disparara la excitación orgásmica, más fuerte que la vez anterior...

¡Y cuando se efectuó la doble penetración, para que su garganta comenzase a succionar mi líquido vital, mi mente quiso hacerse una protesta; sin embargo, todo mi organismo se rendía, aceptando un destino que me iba a arrastrar más allá de la muerte... A la esclava existencia de los vampiros!

(Las velas del candelabro se están consumiendo y casi no queda tinta. Debo terminar en este punto. Ya han transcurrido veinte horas desde que Ella me chupó la sangre por segunda vez. Sé que moriré cuando repita su festín y que, más tarde, convertirán mi cadáver en el alimento del caníbal que también utilizará mi piel para uno de sus autómatas... ¡Quedaré transformado en un monstruo vampirizado, como mis tres amigos!

«Pero, quizá, consiga alertar a alguien si enrollo cada una de estas cuartillas. Las haré pasar por los orificios de la malla que cubre una de las ventanas. Debo intentarlo. Aunque...

»¿No me habrán dejado mis enemigos el material de escritorio para que crea en la ilusa posibilidad de escapar de esta tumba, de este lugar donde me ha traído la fascinación devoradora de una mujer vampiro?... ¡Ya siento su proximidad... Cómo la amo! ¡No, no...! ¡Ella volverá a morderme en el cuello, para succionar hasta la última gota de mi sangre..., hasta darme muerte...! ¡Pero la tendré tan cerca, tan hermosa... Tan monstruosamente devoradora! ¡¡Cómo necesito los orgasmos de sangre que Ella me permite conquistar...!!)».