ELLA
Sola en aquella fría y rígida habitación, Ella miraba por la ventana. Afuera el día era hermoso y cálido, sin embargo parecía totalmente ajeno a la atmósfera dentro de la habitación, como si fueran dos mundos divididos por el duro cristal. Ella tenía apoyada una mano sobre aquella barrera transparente, respiraba agitadamente, como si acabara de correr un maratón, lo que era totalmente incongruente con la extrema quietud de su cuerpo. Su piel era tan blanca que casi parecía la de un cadáver. Su delgado y frágil cuerpo estaba envuelto en un delgado vestido recto con estampado a flores descolorido. Su cabello, corto y café contrastaba con la palidez de su piel. Sus hombros comenzaron a sacudirse con fuertes temblores mientras sollozaba, las lágrimas escurrían por sus mejillas. Transpiraba tristeza. En su mente no había nada, estaba vacía, se había esforzado mucho para lograrlo, tanto que habría podido jurar que su cerebro había sangrado si no hubiese olvidado cómo hablar. Sus ojos opacos miraban sin ver las mariposas blancas y amarillas que revoloteaban afuera en el jardín empapadas en rayos de sol. Afuera el día era cálido y lleno de vida, dentro de ella reinaba el invierno, congelando todo a su paso, dejándola sin corazón. Sus latidos eran secos y pausados, como los de alguien a punto de morir, pero Ella ya estaba muerta, su alma se había marchado, junto con su recuerdo, su calor, su amor, su razón para vivir. Su cuerpo era sólo un recipiente vacío, sólo un conjunto de sangre y tejidos.
Estaba muerta por la ausencia de su cuerpo al despertarse, de la calidez de su piel, de sus caderas bajo su brazo adormilado al amanecer. La mató la ausencia de su dulce fragancia en el aire, de las curvas escondidas bajos las sábanas blancas de su cama. La luz del día se iba apagando y Ella seguía en el mismo lugar, en la misma posición, con la misma tristeza. La melancolía reinaba en la habitación, impersonal ahora que estaba vacía de aquellos recuerdos que tanto se había esforzado en borrar de su mente.
Ahora la oscuridad se ha adueñado de la habitación y de Ella también mientras espera el momento de unírsele, mientras minuto a minuto se le va la vida congelada en el mismo lugar, en el mismo instante.






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