Capítulo 2. Vampire Hunters.

Capítulo 2. Perseguidos

De entre la espesura de los arboles se asomó un tenue rayo de luna que iluminó la terrorífica escena que se desarrollaba a unos metros de mí. Estaba paralizada por el pánico, no podía quitar la mirada de aquellos puntos rojos que se movían con tanta rapidez. Estaba desconcertada, Evan era casi tan fuerte como el vampiro y en varias ocasiones había logrado romper su dura piel. Sin embargo, ahora parecía que su fuerza disminuía, sus movimientos se volvían cada vez más torpes y tenía bastantes heridas infligidas por el vampiro. Estaba perdiendo.

Aterrorizada por las consecuencias de aquello, que obviamente desembocarían en mi muerte, mi cerebro dejó a un lado el pánico y puso en marcha el estado de sobrevivencia. La cabeza me daba vueltas mientras trataba de idear alguna forma de ser útil, de ayudarlo a combatirlo, pero nada que pudiera hacer yo sería efectivo contra el vampiro, hasta podía llegar a morir en el intento y por consiguiente Evan también. De pronto lo escuché gritar. Lo había herido otra vez.

“No hay tiempo que perder Erica” pensé e intenté levantarme. Las piernas me dolían hasta la médula pero logré mantenerme en pie. Fue entonces cuando lo vi. Allí estaba, tirada a unos metros de mí, una brillante navaja que reflejaba los rayos de la luna, era mi única esperanza.

Reuní todo el coraje y valor y comencé a caminar hacia ella. El vampiro percibió mi movimiento y Evan aprovechó para hundirle la espada muy cerca del corazón. Luego éste se lanzó contra Evan aún con la espada atravesándole y lo tiró al suelo. Lo tenía apresado entre él y el suelo. Yo aún estaba lejos y al paso que iba no alcanzaría a llegar así que me impulsé hacia adelante y me lancé hacía mi única esperanza. Caí a unos centímetros de la navaja.

Las nubes habían tapado de nuevo la luna y ya no pude ver más a Evan. Rezando porque éste estuviese vivo, estiré mi mano y tomé entre mis dedos sudorosos la navaja, me remangue la manga de mi brazo izquierdo y reuniendo todo el valor de lo que fui capaz, estoqueé mi antebrazo. No pude evitarlo, grité de dolor. Sentí como emanaba a borbotones la sangre caliente y cómo el ardor corría por mis venas. Después escuche a Evan gritar y luego me desvanecí por unos instantes al sentir caer sobre mí al vampiro enfebrecido.

“¿Por qué tarda tanto Evan en quitármelo de encima?” Me pregunté mientras intentaba aparatarlo de mi brazo sangrante. Quería gritarle, reclamarle por dejarme morir después de haberle salvado la vida, pero antes de que mi cerebro y mi cuerpo se coordinaran para hacerlo, la presión cedió y me di cuenta de que ya no había nada sobre mí. Sentí unas manos deslizarse bajo mi espalda y luego deje de percibir la humedad del suelo. El sueño se estaba apoderando de mí, el brazo no dejaba de sangrarme, los párpados me pesaban. Antes de caer inconsciente logré abrir los ojos, unas cuentas azules me miraban de cerca, preocupadas “No debiste hacer eso, te has herido gravemente y el olor de tu sangre llamará a los demás vampiros… definitivamente lo hará, es diferente…”

Después todo se volvió oscuridad.

La fría brisa que azotaba mi rostro me despertó de la inconsciencia. Al abrir los ojos sólo vi jirones de oscuridad y mis oídos volvieron a escuchar aquel silencio penetrante que me volvía loca. Un escalofrío me recorrió la espalda. Estaba desconcertada, ¿cómo podía haberme dormido si estaba corriendo? El brazo me dolía tanto que tenía ganas de cortármelo y arrojarlo lejos. Cuanto intenté tocarlo otra mano me lo impidió.

—Te dolerá más —dijo Evan.

Cierto, Evan. Estaba vivo. ¡Estaba vivo! ¡Lo había logrado! Sonreí, nunca antes en mi vida me había sentido tan feliz. Una sensación de calidez invadió mi pecho hasta querer hacerlo reventar. Alcé la mirada hacia su rostro. Con todo y los raspones y la sangre seguía siendo igual de bello que siempre. Lucía tan suave y acariciable ante la tenue luz de la luna que me dieron ganas de besarle la mejilla pero en cambio alcé una mano y la acaricié. El me miró con una mezcla de confusión y sorpresa en su rostro. Lamenté haberlo hecho. Baje la mirada y no volví a mirarlo.

Evan me llevaba en sus brazos mientras corría. Ese hombre me sorprendía, no tenía ni idea de dónde sacaba las fuerzas para continuar después de todo lo sucedido. A pesar de hallarme en una posición incómoda me acomodé entre el hueco de sus brazos y me aferré de su chaqueta. Me acoplé tan bien a sus pisadas que en poco rato, arrullada por el crujir de las ramas y el calor de su cuerpo, volví a quedarme dormida.

Cuando volví a despertar estaba en el asiento trasero de una camioneta. Me incorporé y miré por la ventana. Afuera estaban Evan y Patrick. Parecían hablar de algo serio. Pequeñas gotas de lluvia empapaban poco a poco las cabelleras de ambos. Golpeé la ventana para llamar su atención. Los dos me miraron, Patrick sonrió y corrió hacia la camioneta, Evan me miró unos instantes con unos ojos enigmáticos y luego volvió la vista hacia el bosque por unos segundos, después siguió a Patrick, claro que sin correr.

— ¡Por fin despertaste! —me dijo Patrick mientras yo jugaba con la maraña de pelo rojo que estaba sobre su cabeza. —Comenzábamos a preocuparnos de que te hubiese pasado algo más grave. Evan ya quería llevarte a un hospital, estábamos hablando de eso justo cuando despertaste. —la manera en que me lo dijo me hizo recordar a un niño pequeño demasiado entusiasmado. Yo sonreí y le eche una mirada rápida por el retrovisor a Evan que apretó demasiado los labios hasta hacerlos casi una línea recta. Yo reí por lo bajo.

—Gracias por su preocupación —al decir esto miré a Evan por el retrovisor y me devolvió la mirada —y por su ayuda, sin ustedes probablemente ya estaría muerta. Les debo mi vida y por ello estoy a su disposición, cualquier cosa que necesiten no duden en pedírmela —continué mirando los azules ojos de Evan hasta que éste decidió apartarlos para encender la camioneta.

Viajamos por una vieja carretera durante horas, éramos el único auto que conducía por aquel asfalto viejo y cuarteado. Patrick se quedó dormido a mitad del camino y acomodé su cabeza en mi regazo. Mientras observaba el húmedo y depresivo paisaje que decoraba la carretera de sólo dos carriles, peinaba el pelirrojo cabello de aquel muchacho que parecía ser el hermano perdido que tanto había buscado. De tanto en tanto miraba a Evan, que mantenía sus ojos fijos en la carretera, en mi mente, jugaba con la idea de que en otras circunstancias este viaje sería maravilloso. Evan y yo, felizmente casados y Patrick, mi hermano adoptivo, los tres viajando juntos hacia un nuevo horizonte, hacia una nueva vida, alejándonos de nuestro pasado para empezar de cero… Sí, como no. En cambio nos hallábamos escapando de una terrible manada de vampiros sedientos de sangre.

Recargué mi cabeza sobre el cristal frío de la ventanilla e intenté alejar aquellos pensamientos de mi cabeza, aquellos pensamientos como el de Evan tan cerca de mí que podía percibir el calor de su cuerpo, el olor de su piel, el sabor de sus labios… Sacudí mi cabeza y me golpeé con la ventanilla. Evan me miró y yo aparté la vista, tratando de hacer como si no hubiera pasado nada, tratando de mostrarme indiferente, aunque no me salía muy bien. Evan rió por lo bajo, yo me sonrojé. Cerré los ojos y aguardé a que el viaje terminara.

Tras varias horas de viaje en solitario llegamos a nuestra meta, Bratislava, Eslovaquia, la ciudad más hermosa al amanecer de un día de invierno. Evan fue el primero en bajarse de la camioneta cuando llegamos a una hermosa casa antigua en una calle empedrada para abrir la verja de herrería negra. Atravesamos un patio del tamaño de un campo de futbol americano y estacionamos en la glorieta alrededor de una fuente que estaba frente a la entrada de la casa. Evan iba a la cabecera, después Patrick y luego yo. Los tres subimos las enormes escaleras de mármol que estaban al centro de la enorme estancia que nos recibió al entrar a la casa.

Al subir por ella me pareció estar dentro de una película de los 50’s. Todo el estilo de la casa me recordaba a un museo o a una película antigua. Llegamos al primer piso y todo el encanto que parecía haber habido en la planta baja desapareció al encontrarme con lo que parecían oficinas. Evan se volvió hacia Patrick y a mí y nos indicó que esperáramos en el sillón de cuero negro que estaba a un lado. Ambos nos sentamos y no pudimos evitar hablar sobre aquel lugar.

— ¿Qué es este lugar? —pregunté.

—No lo sé, nunca había estado aquí. Deben ser oficinas de la Asociación… —calló de repente mientras me veía alarmado, como si temiese haber revelado algún secreto. Yo lo miré con ternura.

—Descuida, no diré nada —dije en voz baja y muy cerca de su oído. Instantes después apareció Evan, que no lucía contento.

—Vamos, tendremos que hospedarnos en Galanta. Otras tres horas de viaje… —comenzó a murmurar algo en eslovaco que no logré entender.

Galanta estaba a unas horas de Bratislva, lo cual no me entusiasmaba, estaba tan cansada de estar sentada que no me apetecía otro viaje.

— ¿Por qué no podemos hospedarnos aquí? —preguntó Patrick, y agradecí que lo hiciera. Evan lo miró serio, como si no entendiera la pregunta y luego dijo:

—Porque hay vampiros siguiéndonos y no podemos arriesgar la sede de la Asociación.

Dicho esto, se volvió y comenzó a caminar tan rápido que tuvimos que correr para alcanzarlo. Estaba asustada. ¿Nos seguían? ¿Por qué? Estaba segura de que dejarían de seguirnos después de haber abandonado el bosque. Miré a Patrick que parecía igual de extrañado que yo. Salimos de nuevo al enorme patio para encontrarnos con que nuestra camioneta iba en dirección a la verja y una pequeña mano de mujer se despedía por la ventana.

Evan tiró su cigarrillo al suelo y lo pisó tan fuerte que se deshizo en segundos, luego maldijo por lo bajo.